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PREGÓN 1998 A CARGO DE Dª PALOMA GÓMEZ BORREGO


PREGÓN 1998, POR Dª. PALOMA GÓMEZ BORREGO.


Ilustrísimo Sr. Alcalde, Sr. Cura Párroco, Presidente de la Junta de Hermandades, Autoridades, Señoras y Señores de Daimiel…Amigos todos.
He venido de Roma para estar hoy con vosotros y quiero ante todo expresar mi agradecimiento por haberme elegido pregonera de vuestra Semana Santa. Me llena de orgullo porque la Semana Santa de esta tierra manchega tan dentro de mi corazón, tiene la belleza de la sencillez, del cariño del sueño de hacer una Semana Santa grandiosa. Una semana en la que desfilan lenta y majestuosamente las ocho Hermandades con sus bellísimos pasos, que salen de las cuatro Iglesias pilares de la Villa; Santa María la Mayor, como se llama la primera Basílica Mariana del mundo. La Basílica de Roma conocida como el templo de los españoles: San Pedro,… ¡cuanta vinculación con la Ciudad Eterna! Nuestra Señora de la Paz y el Cristo de la Luz. Resplandor, concordia, hermandad. ¡Que hermosas palabras!

Me siento feliz y orgullosa aunque siento el peso de la responsabilidad, tentada estuve de decirle que no a mi querido y admirado Fray Nemesio cuando me animaba a escribir el pregón. Me contaba tales maravillas de Daimiel, que pensé no saber reflejar la realidad y contar como se merece la solemnidad de vuestra Semana Santa que tiene la austeridad, la sobriedad de Castilla y dentro de Castilla la sobriedad de la Mancha.

Pido en cualquier causa la venia para comenzar el pregón y suplico de vuestras mercedes, como decía el señor Don Quijote, indulgencia por mi osadía.

La Semana Santa de Daimiel, el Daimiel de las viñas y de los campos cuidados como jardines tiene recuerdos lejanos en sintonía perfecta con Iglesia primitiva de Roma. Por ello, porque vengo de la Ciudad de los Césares de los primeros cristianos, creo que debo deciros algo de aquella lejana Semana Santa que tiene resonancias y acentos de la más cercana actualidad.

Esa Ciudad Eterna, que el Domingo de Ramos, en la Plaza de San Pedro, que se abre como en un inmenso abrazo; congrega a miles de jóvenes que izan palmas y ramas de olivo como banderas de paz, y de vida nueva. ¡Con la ilusión de un mundo mejor! El Domingo de Ramos que en Daimiel al igual que en Roma, se evoca con júbilo la entrada de Cristo en Jerusalén, cuando a lomos de la borriquilla, se adentra Jesús, entre vítores y aplausos por las vías de la Ciudad Santa.

Podría hablaros de la concelebración del Papa el Jueves Santo en la Basílica Vaticana, cuatro, cinco mil sacerdotes, o de la evocación litúrgica de la Última Cena en la Basílica de San Juan de Letrán, madre y cabeza de todas las Iglesias del Urbe y del Orbe, pero prefiero hablar de vuestra Semana Santa entretejiéndola con la Semana Santa romana.

Rememorar la Pasión de Cristo a través de vuestros bellísimos pasos. Revivirla en toda su tragedia y en todo su amor. Como la rememora el Papa la noche del Viernes Santo. A la luz de las antorchas que iluminan el grandioso escenario de los Emperadores, el Santo Padre, en el Coliseo, peregrina las catorce estaciones del Vía Crucis.

La Semana Santa en Jerusalén tenía que repetirse en Roma, cabeza de la cristiandad y se repitió con realismo singular cuando Pedro, aquél pescador noble y sencillo, aquél hombre débil y generoso, le aseguraba a Jesús camino de la agonía con un convencimiento pueblerino entusiastamente “AUNQUE TODOS SE ESCANDALICEN DE TI, YO SEÑOR JAMÁS ME ESCANDALIZARÉ. AUNQUE TENGA QUE MORIR CONTIGO, NO TE NEGARÉ”. Ciertamente le negara, pero es también cierto que el señor le robustecerá su debilidad regada con lágrimas y le hará llegar hasta Roma para que sea su testigo, su mártir, su Vicario y así Roma pudo contemplar la renovación de la primera Semana Santa de Jerusalén cuando Pedro fue clavo en la Cruz. Cuentan que el apóstol suplicó a los verdugos que le crucificasen cabeza abajo porque no era digno de morir como Cristo. ¡La cabeza abajo pero el corazón hacia el cielo!

Corría el año 67 de la era cristiana cuando en la colina vaticana se abrió la Semana Santa romana. Desde entonces hasta nuestros días nunca ha faltado una víctima en Cruz junto a la tumba de San Pedro. El Papa Pablo VI fue uno de ellos. Era un manojo de dolores y en el Coliseo, al igual que Cristo, necesitaba la ayuda de un Cirineo. Es la Cruz que lleva Juan Pablo II desde aquél trágico 13 de mayo de 1981, cuando un terrorista turco de nombre Alí Agca le disparó tres tiros en la Plaza de San Pedro. Recuerdo con horror aquella tarde espléndida de mayo. Era miércoles, día de audiencia general y la plaza bullía de gente. Había muchos niños de las escuelas romana, algunos con globos multicolores en las manos. De repente cortaron el aire tres disparos. Tres golpes secos que en un principio creímos eran estallidos de los globos; un engaño que duró pocos instantes; desde la atalaya de transmisión de Radio Vaticano una voz llena de angustia comunicó que “EL TERRORISMO HA ENTRADO EN LA CIUDAD DEL VATICANO. HAN DISPARADO AL PAPA”. La muchedumbre fue sacudida por el pánico; el caos se hizo total. La noticia corrió por la ciudad y por el mundo como la pólvora. Dolor, Ira, Consternación. Toda la capacidad de asombro de la ciudad se volcó en la Plaza de San Pedro. Las capillas, las Iglesias de las cinco partes del mundo permanecieron abiertas toda la noche para rezar por la vida del Santo Padre; para suplicar al señor que no muriera; para implorar a la Virgen que hiciera el milagro de salvarle. Los periodistas al dar la noticia tratábamos de que las lágrimas no nos empañaran los ojos ni el llanto ahogara la voz de dos mil años después del martirio de Pedro. La violencia y el odio había encontrado una nueva víctima; solo que en lugar de la Cruz, nuestra época echa mano a las armas. Cuatro días más tarde, el domingo a mediodía volvimos a escuchar la voz de Juan Pablo II. Nadie se lo esperaba. La voz era debilísima, entrecortada con pausas de dolor, pero clara.

“OS AGRADEZCO VUESTRAS ORACIONES Y OS BENDIGO A TODOS. REZO POR EL HERMANO QUE ME HA HERIDO Y A QUIÉN SINCERAMENTE HE PERDONADO UNIDO A CRISTO SACERDOTE Y VÍCTIMA OFREZCO MIS SUFRIMIENTOS POR LA IGLESIA Y POR EL MUNDO Y A TI MARÍA, QUIERO REPETIRTE QUE SOY TODO TUYO”

Fue un Ángelus que trajo a la memoria el Gólgota. Jesús clavado en la vergüenza del patíbulo que pronuncia esas palabras de amor sereno y fuerte: “PADRE, PERDÓNALOS QUE NO SABEN LO QUE HACEN”.

La Semana Santa de Roma hace eco y vivencia renovada de la primera Semana Santa que esmaltó de divinos rubís de sangre las calles de Jerusalén. Y al igual que en Jerusalén, en Daimiel, los cofrades del Cristo del Consuelo, del Cristo de la Columna, del Cristo de la Luz, de Jesús Nazareno, del Cristo de la Expiración, del Cristo del Sepulcro, de Nuestra señora de la Soledad y de María Desolada, adentráis por las calles recorriendo el Vía Crucis. Y a partir de ese instante, grandes y chicos estáis al lado del Nazareno acompañándole, ayudándole, amándole a lo largo de una semana que evoca angustia y lágrimas de color de sangre que se transluce en él Cristo de la Oración del Huerto, de la Última Cena, el Cristo con la Cruz a cuestas. Con el redoblar de los tambores, a la luz de las velas y de los faroles que esparcen luces de llanto, capiruchos, túnicas y estandartes con los que desfilan cofrades y penitentes.

Daimiel se puebla de apóstoles y seguidores de Cristo. ¡Qué emoción y que tristeza! Cuando veis aparecer a Cristo atado a la Columna, ¡la más antigua de las cofradías!. Va a cumplirse la injusta sentencia de Pilatos. La sentencia de un hombre se inscribe en el misterio y el sacrificio del Cordero de Dios.

Poncio Pilatos ha dudado en emitir la condena a muerte contra Jesús, llamado el Nazareno. No le convencen las acusaciones y le castiga a que le flagelen atado a una columna de su palacio y le pongan un cerco de espinas incrustado en la frente. Le muestra así a la multitud enardecida, convencido que al verle suscitará su clemencia. Poncio Pilatos para presentar a Jesús al pueblo elige dos palabras “ECCE HOMO”. “He aquí al hombre”. Al que lleva a todos con la fuerza de su amor, el que abraza y abarca a todos. Ahí tenéis al hombre. Al que sufre, al oprimido, al humillado, al que pide limosna y al que le da vergüenza mendigar, al hambriento de paz y justicia; al que le han ajado las ilusiones y da bandazos sin esperanza. Al que oculta una tragedia tras la sonrisa. Al fracasado e incomprendido, el que no tiene trabajo. Al que no tiene voz. He aquí un hombre que brega a un mundo a aspirar la paz.

El calvario de Cristo comienza con la Cruz a cuestas para coserle al medro en el monte Gólgota. Cada vez Jesús camina más lento y torpe. Los soldados comprenden que no puede seguir y obligan a Simón de Cirene a ayudarle a cargar con la Cruz. Hay mujeres también que a su paso lloran. Os sentís Verónicas o Cirineos para limpiarle con un lienzo a Jesús la faz ensangrentada o para ayudarle a cargar con la Cruz. Hombres y mujeres de Daimiel tendéis vuestras manos hacía Jesús y Cristo que lo sabe, os lo agradece con su infinito amor.

Y no puede faltar María, la Madre María que apura una soledad dramática que queda anegada en amargura. Y ahora permitidme que en nombre de esas mujeres que Jesús eligió como símbolo de la ternura que es sólo capaz de albergar un corazón femenino, rinda un homenaje a las mujeres de Daimiel. Artesanas del amor, leales, fuertes, que saben ser bálsamo de consuelo, compañeras comprensivas, entrañables. Porque como dijo el poeta: “No hay que ganar al hombre con sonoros excesos de tambor y clarines, en el viento, un airón. Hay que entrar de puntillas, con pasos como besos, por las sendas oscuras que van al corazón”.

Pero el sufrimiento más grande para Jesús será ver el dolor de su Madre. Ese instante en el que María, Virgen Dolorosa con el corazón traspasado por espadas afiladas se encuentra con la mirada del Hijo y cada corazón vierte en el otro su propio sufrimiento. La Dolorosa a la que ya no quedan lágrimas ¡María Desolada!

Del patíbulo bajan el cuerpo sin vida de Cristo para dejarlo en brazos de su Madre. María vuelve a tenerle en el regazo como cuando lo acunaba en el establo de Belén o le estrechaba contra su pecho camino de Egipto. Vuelve a tenerlo pero, ¡qué diferencia!. Ahora María es la imagen de la Soledad más absoluta. Dejará que se lo arrebaten solo para envolverle en una sábana; paloma de paz hecha lino; y enterrarle en el Sepulcro.

Yo creo sin embargo que a Cristo se le hizo menos cruel el patíbulo porque a los pies de la cruz tenía el amor de su Madre y el cariño impetuoso y fiel de Juan. Juan, al que vosotros tenéis en la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra señora de los Dolores. Juan representa la juventud altruista, sin miedo. Esos jóvenes en los que Juan Pablo II tiene puestas tantas esperanzas; por los que tiene una especial predilección, porque ellos serán los constructores de un mundo mejor, de la civilización del amor en el nuevo siglo a punto de iniciar. A las legiones de jóvenes de las cinco partes del universo, cuando el Papa se encuentra en cada viaje que emprende, les invita a ser herederos de las tres consignas de la esperanza: Besad a Cristo, Amad a Jesús, Dad testimonio de Cristo.

Cristo ha muerto y Daimiel se viste de luto y de silencio, pero el Nazareno resucita para darnos la Vida y Daimiel, que conjuga la generosidad, la hidalguía de Don Quijote con el buen sentido y la cordura de Sancho. Daimiel tapizados sus campos con el verde esperanza de las viñas y el verde oscuro de los olivos; donde los rastrojos parecen pentagramas aguardando la sinfonía de nuevas cosechas. Daimiel entero se engalana, se vuelve un molinillo de fiesta. Resuenan clarines y trompetas para celebrar la victoria de Cristo y las campanas se vuelcan en arrullos de palomas enamoradas.

Como en la Ciudad Eterna, en la Plaza de San Pedro. Bajo el sol y la luz del mediodía la bóveda de Miguel Ángel, disputa al cielo y al horizonte la atención de la mirada.

El atrio es un jardín de flores multicolores y desde el balcón principal de la Basílica a mediodía, el Papa imparte la bendición Urbi et Orbi. Anunciando que Cristo ha Resucitado. ¡Cristo ha vencido a la muerte!

Y pongo punto final a mi pregón, Señores de Daimiel. Queridos amigos, casi paisanos porque yo en parte soy manchega. Gracias por haberme invitado a pregonar vuestra Semana más santa y bella.

Pero antes de concluir querría pediros que no perdáis el tesoro que tenéis; que mantengáis apasionadamente vuestras tradiciones porque es necesario que los niños de hoy (hombres del mañana) tengan esa fuente gozosa en que beber. Que cierto es que “el hombre que en su infancia acumula muchos recuerdos está salvado para siempre”.

Debo deciros adiós. No, adiós no; adiós es una palabra triste, prefiero dejaros con un “hasta pronto” o un “arrivederci en Roma”. Regreso a Italia con la esperanza y el deseo de volver a esta tierra que desde muy niña mi madre me enseñó a quererla, agradeceros eso.

Os aseguro en Daimiel, bañado por el hilo plateado del Azuer, al que Dios ha regalado ese Parque Nacional de las Tablas que yo definiría “Un Paraíso Terrenal”. En Daimiel, que ya su propio nombre encierra dulzura, os aseguro que hoy pongo de rodillas mi corazón.

Paloma Gómez Borrego, 1998.