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PREGÓN A CARGO DE D. MARCIANO CUESTA POLO


PREGÓN SEMANA SANTA AÑO 1974 PRONUNCIADO POR EL ILUSTRÍSIMO SEÑOR D. MARCIANO CUESTA POLO.
PRESENTADOR: D. FRANCISCO GARCÍA LUENGO FERNÁNDEZ DEL MORAL.

Autoridades y jerarquías:


Amigos daimieleños:


Con los vientos de marzo o con las lluvias de abril, los niños de Daimiel heredan cada año largas túnicas blancas, rojas, negras, moradas; los hombres de Daimiel echan a andar sus pies penitentes por las calles; las mujeres de Daimiel forman interminables rosarios de velas amarillas.


Con los vientos de marzo o con las lluvias de abril, todos los años las nubes dolorosas del cielo de Daimiel vigilan desde arriba el ritmo lento de las imágenes silenciosas; las norias de Daimiel se quedan mudas, como pensando gravemente; las casa de Daimiel piden perdón deshabitadas.


Con los vientos de marzo o con las lluvias de abril, un ángel disciplinante llaga los pechos duros y generosos de la gente sencilla de Daimiel; una pena antiquísima se sienta en cada esquina, y más de quince mil cruces de carne y hueso se ponen humildemente en pie.


Es una historia santa, caliente y repetida, que empieza en los temblores de ramos del domingo y se acaba con el alba pascual y transparente que transfigura los sepulcros. Es la historia divina de la humanidad escrita para siempre en los ojos nazarenos de todos los niños de Daimiel.


Como el arroyo claro que llora y se fatiga entre las peñas, y luego ha de inundar de gloria todo el valle; como el llanto del árbol hundido en sus raíces, antes de hacerse grande y poderoso; como la noche larga, callada y doliente, que ha de acabar en revuelo amarillo de ruiseñores; como el invierno duro sobre la carne solitaria de la meseta, para luego abrirse gloriosamente en amapolas; tal es esta semana ascética y terrible que estalla al fin en júbilo; este camino estrecho, preparado para desembocar en la plaza redonda del sol grande de Pascua. Porque las sacudidas tristes de los cilicios serán muy pronto gozosas voces de campanas, y los golpes de martillos sobre clavos agudos serán, en breve, trompetas de cristal convocando la luz por la llanura.


Daimiel tiene, de siempre, bien atento el oído al paso del Señor. Y el paso del Señor es hoy la cruz desnuda, como será después la túnica brillante entre las azucenas. Y por eso en Daimiel nadie se estremece por las calles interminablemente, nadie encadena para siempre su espíritu con rosas de pasión.


Aquí el dolor es vida, alma y signo de la resurrección definitiva. Los daimieleños saben que el dolor de los hijos de Dios es tan esencial como su alegría; y saben también que los vientos de marzo y las lluvias de abril serán flores de mayo.


Han comprendido bien que es cosa suya lo que le falta a la Pasión de Cristo; la última sed, el último desmayo, el abandono final, la postrera vergüenza, para que sea suya igualmente la dicha prometida. Y por eso se ponen en fila disciplinadamente camino de la mesa blanca de la Pascua. Himnos de penitencia hacen su ruta, hasta llegar al templo del cordero blanquísimo y glorioso. Es que tiene seguridad de que el padecimiento es gracia y la muerte es victoria, de que vestirse de luto es garantía para tener aspecto de resucitados.


Por eso, cada año, con los vientos de marzo o las lluvias de abril, los niños de Daimiel heredan largas túnicas blancas, rojas, negras, moradas; y hay un silencio de ceniza por las calles, y una pena agrupada, y un recuerdo de bronce hilvanado las horas, desde los temblores de ramos del domingo hasta el alba pascual y transparente.


La Semana Santa es en otras partes canción o dramatismo, gesto o deslumbramiento,. Aquí es silencio solamente, oración mental, pena interior y recuerdo dolorido. Como ese pecho fuerte de España que es la Mancha, una sonora soledad, casi sin cuerpo, como una sombra que se hace grande y triste en la llanura. Porque Dios por la Mancha pasa siempre en silencio y lentamente, asombrando la luz, convocando una a una espigas, racimos uno a uno, uno a uno pasos en los caminos.


Esta Semana santa está desnuda, es un rito del alma, como una mirada amorosa del Señor que se nos queda fija por las calles, que nos sacude silenciosamente el corazón, mientras los hombres mismos se hacen figuras de pasión, imágenes dolientes, cruces de carne y hueso.


La Semana Santa viene a ser en otras partes cada año como una liturgia nueva, un estreno, un ensayo. Aquí es una costumbre, una herencia bendita. La pena se ha guardado de un año para otro como en los viejos arcones, e la pena de siempre, la misma agonía siempre repetida como un legado unido a la tierra, como una consigna al oído de las generaciones, como un silencio custodiado igual que una reliquia, una oración antigua que se viene a decir.


A ese silencio acuden los daimieleños que dejaron la tierra de sus padres, como si en estos días no pudieran rezar en otra parte, como si una vieja tragedia les convocase irresistiblemente, como si aquí tan sólo pudieran encontrar la voz familiar, el semblante exacto, la huella conveniente del Señor.


Esta Semana Santa de Daimiel tiene el perfil escueto de esta tierra manchega, la dimensión precisa de la serenidad, el rigor de los surcos. Es Semana del alma que se pone sencillamente en la gran presencia de Dios cuando sufre y muere y resucita.


El Señor está siempre con los hombres, se acostumbra a las obras de sus manos. Ayer andaba ya entre los pucheros, como antes entre las hachas de piedra pulimentada, y hoy también entre los motores, las fuerzas electrónicas o los satélites artificiales que los sabios hacen girar por el espacio. Adonde el hombre llega, el Señor estaba ya desde el principio, amoroso, esperando. Porque el señor habita los misterios y las cosas pequeñas y, sobre todo, los rincones secretos de nuestros corazones. Los ojos del señor se asoman a la tierra desde todos los ojos de este mundo: tan voz de Dios es la plegaria de los teletipos, como el tenue piar de un gorrión en la huerta, como el rito sencillo de un anciano que dice “buenos días”, o el beso de los hijos, o el rumor silencioso de las hormigas, o esos colores serios de las cofradías sagradas en que los hombres hacen ejércitos de oración.


Para los que se crean demasiado sabios, aquí en Daimiel se viven cada año muchas viejas verdades: la verdad de una Virgen Dolorosa con el corazón traspasado por siete puñales relucientes; la verdad de un ángel joven y hermoso que se tapa la cara con las alas para no ver el llanto de Dios abandonado entre los olivos; la verdad del Rey único con corona de espinas y cetro de caña, o vendido como esclavo por algunas monedas, o vestido de loco por las calles a gritos y empujones, o desnudo en la tarde clavado sobre un leño entre dos delincuentes, muerto como un cordero lejos de todas las palabras: muerto, que es el misterio más sobrecogedor.


Para los que se crean demasiado importantes, aquí en Daimiel se sabe cada año con certeza que los hombres seguimos siendo niños; niños de cuerpos grandes y pequeños manejos a quienes asustan las leves sombras movidas en la noche, a quienes ponen tristes los colores morados. Los hombres somos niños que necesitan un Dios policromado en madera o en piedra, una legión solemne de soldados romanos con cascos y corazas, manos atadas con fuertes sogas de esparto, blanca escayola repintada de sangre, lagrimas temblorosas a la luz de los cirios, o un grupo de mujeres vacilantes y solas en medio de la calle. Los hombres somos niños que, para comprender el vuelo del espíritu, quieren ramos y palmas, olor de cera, el canto de un gallo cuando San Pedro se pone terriblemente terco, perfume de incienso, agua recién bendecida, fuego arrancado a golpes del pedernal, una iglesia oscura que se va iluminando desde la única llama pascual como un contagio de claridad. Los hombres somos niños que se ponen ante Dios con los brazos cruzados, o arrastran hierros esforzadamente, u ocultan sus rostros con telas puntiagudas para que nadie sepa el sacrificio de sus almas. Niños que todo han de tocarlo, verlo, oírlo. Niños que necesitan cada año una Semana Santa reflejada en los ojos.


Bien se sabe en Daimiel que la Pasión y Muerte del Señor andan por todo el mundo: en el hambre, en la violencia, en la injusticia, en la tristeza, esos jinetes malos que galopan de un continente a otro y también por los mismos tejados de nuestras propias casas.


Bien se sabe que la Pasión y Muerte del Señor han de ser nuestra pasión y muerte de todos los días, que la cruz interior de cada uno es una herencia irrenunciable, y que todas las mañanas ha de irrumpir nuestro canto de resurrección. Que para los cristianos el dolor es regalo y no castigo, y en nuestras riberas la penitencia es un almendro florido ya maravillosamente.


Pero también se sabe y se defiende que hay un recuerdo anual para nosotros, sacramental y bendecido, de las cosas terribles que ocurrieron en nombre del amor, por obra del amor, como gesto de amor. Y hay que oír otra vez las siete palabras misteriosas en medio de la tarde; y hay que fijarse de nuevo en las catorce escenas amedrentadoras a lo largo del camino; y hay que repetir la presencia, como espada agudísima, del misterio más triste que los cristianos llevamos en el alma: el misterio llamado Judas. Y este recuerdo debe hacerse oración y sacrificio, unidad y reconciliación de los hermanos en torno al blanco cordero degollado.


Los daimieleños, por estos días, asisten a la cena, comen el pan y beben el vino, están tan cerca de Dios que pueden recostar la cabeza sobre su pecho, mientras la tarde muere en los espejos desconsolada. Toman después el camino del torrente y del huerto; descansan entre los olivos, y esta vez no se duermen, porque quieren ser ángeles en la soledad y ver llegar a la multitud agrupada en la noche con hachas encendidas. Más tarde ocupan asiento ante los tribunales, hasta conocer la locura final del juicio de los hombres. Luego, sentados junto al fuego, observan la deserción de los mejores, mientras un cuerpo desgraciado se balancea en la sombra colgado de un olivo. Al otro día, recorren el largo camino doloroso, hasta la misma cima del monte de las cruces; y están allí cuando la tierra se estremece y todo es confusión ante la última Palabra de Dios; y ya sólo se ven en el horizonte, en cualquier momento de un relámpago, las figuras tremendas de tres hombres desnudos, muertos y levantados, de un discípulo joven, de una madre serena con todos los dolores.


Los daimieleños viven después las larguísimas horas de la espera suprema, horas deshabitadas en que misteriosamente Dios no existe; las rezan en silencio, las piensan con martirio. Y, al final, madrugan con el alba otra mañana, la definitiva., y acuden al sepulcro de repente vacío. Porque toda la Gloria del Señor se alza transfigurada para siempre: y se quedan atónitos ante el mayor prodigio. Y es entonces cuando desde Santa María y desde San Pedro se levantan súbitamente bandadas de palomas y empiezan las melodías de los redimidos, y en todas las puertas hay alguien que está mirando fijamente al sol.


Esta es la historia santa, caliente y repetida, semana de las nubes de pasión, de los blancos pañuelos tristes de la muerte sagrada, de los clarines luminosos de la resurrección. Semana en que los buenos daimieleños se sienten discípulos, ángeles de consuelo, compañeros; o tal vez se reconocen jefes del prendimiento, desertores, jueces tendenciosos, delincuentes; sin duda, cirineos; a lo mejor, traidores. Y limpian su alma con recuerdos y penas; y llegan a la cumbre del esclarecimiento y de la humillación. Ahora están preparados para reconciliarse, en torno al blanco cordero degollado. Ahora puede ser santo todo el año, hermosa llanura de viaje todo el mundo, y hermanos de verdad todos los hombres. Ahora los daimieleños pueden volver serenos al trabajo, a decir que es precisa la lluvia, a esperar el milagro de todo lo que crece, a encalar lentamente las puertas, a bailar en la plaza.


Ahora pueden pensar todos los días que Dios ya no padece, que hoy tiene su pasión repartida en las almas de los hombres. Que Dios muere todas las tardes en los hombres: en el llanto de un niño abandonado en alguna parte, en la soledad de ésta mujer, en la tristeza de ese anciano a quién tal vez alguien mira como a un trasto viejo. Que Dios muere en la sangre de todas las guerras, en el dolor de todas las injusticias, en la agonía de todas las desesperanzas. Que en todo momento en alguna parte del mundo es Viernes Santo. Que siempre es Viernes Santo en algún último y pequeño reducto de nuestro corazón.


QUERIDOS DAIMIELEÑOS:
Además de un recuerdo, además de una reencarnación, vuestra Semana Santa viene a ser un símbolo. Vais por las calles en silencio acompañando a las imágenes sagradas, porque creéis en el polvo vano de esta existencia nuestra tan misteriosamente leve y maravillosa. Os vestís tristemente porque conocéis el misterio de las rosas marchitas con el atardecer. Cantáis salmos de penitencia, porque vivís el mundo como un montón de heno apresurado. Es que el sufrimiento os hace aguerridos para las batallas importantes; es que soñáis con la delicia de los valles eternos, donde nadie está solo, donde nadie se muere de esperanza. Es que os purificáis en la pesadumbre de la vida. Y, de esta fatigosa guerra civil de los sentidos, os alzáis poderosos hacia los manantiales superiores.


Y, así, vuestras procesiones son espirituales, las túnicas se alargan por dentro y es el alma quién sufre y se hace niña atizando sus lámparas para estar preparada cuando llegue el esposo. Y todo es un desfile de rectificación, ahora que por el mundo parece como si tuviéramos todos unas moradas permanentes. Estáis recuperando muchas cosas perdidas. Estáis entrando en cuenta con vosotros mismos. Estáis viviendo en reflexión de tantos disparates.


Porque el día en que vuestras procesiones y ritos fueran sólo colores, habría llegado el momento de esconder las túnicas, subastar las imágenes, apagar los cirios y poneros a llorar en medio del campo ante el semblante solitario de Dios. O habría llegado el momento de no salir de casa de vergüenza.


Hay que felicitarse de que en Daimiel, desde quién sabe cuando, se sigan recordando, también externamente, pasión y muerte y gloria del Señor. De que en Daimiel se hagan cofrades los recién nacidos; de que los niños en Daimiel sigan necesitando esta Semana Santa. De que el Espíritu, que vive más allá del espacio, pida espacio y figura como abundancia y símbolo del corazón.


Salgan, pues, de San Pedro con palmas o ramos de olivo victoriosos, los niños de la túnica encarnada y las niñas vestidas de hebreas con ánforas samaritanas, porque el Señor es Rey y llega a nuestra ciudad en una borriquilla.
Salgan el Martes Santo los hermanos de negro del Santísimo Cristo de la Luz y los pequeños ángeles de la Pasión, porque el mudo se apaga y es preciso atizar el rescolda antiguo de la Fe, la llama que quema y no consume.


Salgan en penitencia los buenos hermanos del Cristo del Consuelo, con el rostro obligatoriamente cubierto desde la casa en señal de dolor y un cirio de silencio entre las manos, porque los hombres tenemos últimamente mucho miedo, y necesitamos la Paz de Dios, su voz consoladora, la purificación de su agonía.


Caminen lentamente con rosarios piadosos, cuando decline el Jueves Santo, los cofrades del Santísimos Cristo de la Columna y Nuestra Señora de la Amargura, los más antiguos en estas Santas Hermandades, en torno a las figuras de la Flagelación, de la Oración en el huerto, de la Virgen desconsolada, porque es urgente ahuyentar de nosotros la debilidad moderna de la vieja codicia, de los bajos afanes y comercios; porque es imprescindible compartir el sufrimiento igual que la alegría.


Desde las Carmelitas, como antes desde la Ermita de Santa Quiteria, desfilen en la madrugada del Viernes Santo los miles de hermanos de túnicas moradas de Jesús Nazareno, los más numerosos de toda España, llevado al hombro cruces negras de madera o acaso de hierro y coronas de espinas y cilicios, porque acabamos de convertir en ceniza el egoísmo, tenemos que acabar con el recelo y la desconfianza. El Señor, de camino, encontrará a su Madre, y la buena Verónica le limpiará el sudor. Y en las calles de Daimiel, por un momento, un gesto de piedad será un alma rosada y comprometida en el amanecer.


Salgan de Santa María, con picas y estandartes, los hombres blancos, los de las cinco de la tarde del Viernes Santo, acompañando al Cristo de la Expiración y a nuestra Señora de los Dolores, porque el amor entre nosotros tiene que ser definitivamente más fuerte que la vida.


Y los hermanos del Santo Cristo del Sepulcro, los de las nueve de la noche con hachas encendidas; porque el silencio de Dios debe matar nuestra soberbia. Y los más de mil cofrades de Nuestra Señora de la Soledad; porque las lágrimas de la Virgen deben estar haciendo bueno nuestro sufrimiento.


Y los compañeros de María Desolada, Reina de los Mártires, en los que Daimiel ensancha su recuerdo doloroso más allá de la tierra y más acá de la antigua crónica sagrada; porque hace falta ser testigos, en medio de la plaza, de la verdad de nuestros corazones. La Virgen de los Mártires lleva en su manto estrellas, palmas y escudos, por el recuerdo de los que murieron en nuestra última locura nacional; y extiende su mirada por esta vieja Mancha que la reza entre estandartes y banderas, entre cornetas, gaitas y tambores.


Salga, en fin, con el amanecer del domingo glorioso, el pueblo entero tras la imagen de Cristo triunfante de la muerte; para que no sea vano el sacrificio; para que no sea tonto atormentarse; porque Dios vive para siempre; y ya podemos trabajar seguros de la Resurrección; y ya tiene su roca la esperanza de los cristianos.


HERMANOS DAIMIELEÑOS:
Dios por la Mancha pasa siempre en silencio y lentamente. Vuestra Semana Santa es un paso de Dios. Cuando el soldado acercó la esponja y el Señor probó lentamente la fría mixtura de agua y vinagre, se pudo escuchar su voz sagrada y débil, con firmeza y temblor, como una rúbrica definitiva, en la página oscurecida de aquella media tarde terrible: “todo se ha consumado”. Y no quedó en el aire ni una palabra ociosa. Y terminó la redención de todos, y tuvo principio la redención de cada uno.


Ahora sabemos por qué ha muerto el Señor; y, así, podemos empezar otra vez el camino estrecho de la alegría verdadera. La cruz está vacía y el sepulcro sin nadie; es porque nos aguardan, si queremos formar entre los redimidos. Pero también está para nosotros Cristo en las nubes y en la hondura secreta de nuestro corazón, íntimo y exigente.


Otra vez todo el año será Semana Santa, y será domingo de Pascua cada paso de amor.


Queridos daimieleños: nos espera la Virgen de las Tres Cruces, recortando en el horizonte los perfiles del alba.


MARCIANO CUESTA POLO
Daimiel, 7 de Abril de 1974.