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PREGÓN DE SEMANA SANTA 2011 A CARGO DE D. JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ DEL MANZANO LÓPEZ HIERRO, EN LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA LA MAYOR


A continuación, reproducimos las palabras de D. José María Álvarez del Manzano López del HIerro, en el Pregón de Semana Santa que tuvo lugar el pasado 16 de abril de 2011, en la Parroquia de Santa María la Mayor:

 

PREGÓN SEMANA SANTA A CARGO DE D. JOSÉ Mª ÁLVAREZ DEL MANZANO LÓPEZ DEL HIERRO.

DAIMIEL A 16 DE ABRIL DE 2011.
PARROQUIA DE SANTA MARÍA LA MAYOR.


Agradezco a los responsables de la Semana Santa de Daimiel y de modo singular al Presidente de la Junta de Hermandades, su amabilidad al invitarme a pronunciar el Pregón de su Semana Santa, y lo hago de modo especial a D. Antonio Astillero, hijo daimieleño y que, en su condición de hijo de esta bella tierra, fue el encargado y responsable de hacerme llegar el ofrecimiento de que hoy me encuentre en Daimiel para contar lo que ya es sabido y es que la Semana Santa en Daimiel ofrece rasgos muy particulares dentro de la evocación que en estos días, todos los pueblos de España, hacen de los días trágicos de la Pasión del Señor y que terminan en los gloriosos de su Resurrección.

Había que preguntarse en primer lugar, si en los tiempos actuales, avanzado el Siglo XXI, tiene sentido mantener viva la tradición de exteriorizar la Pasión de Cristo, a través de las diversas Cofradías que salen a la calle de las ciudades españolas, para hacer pública profesión de Fe en Cristo y recordarnos a todos, los más vibrantes momentos de su entrega hasta la muerte, por Amor a todos nosotros.

Semana Santa de Amor fue como quiso que se recordase el pregón que de esta Semana Santa daimieleña, pronunció en 1986, D. Antonio Astillero que, como buen hijo de esta tierra, supo interpretar en clave de auténtico Amor la Semana Santa que aquí tiene lugar.

D. Antonio, tan querido en la ciudad de Madrid por su forma de ser, por su entrega a los madrileños y por el gran trabajo que está realizando con Deán de nuestra Catedral de la Almudena, supo en su pregón reflejar con minuciosidad la personal forma de entender los días Santos.

No podré yo ofrecer tan brillante y esclarecedora forma de expresar lo que ocurre en Daimiel estos días. Es evidente que no puedo expresarme como lo hizo un hijo de esta tierra, aunque si he tenido la suerte de conocer Daimiel en mis primeros años de ejercicio profesional, que comenzaron precisamente, con mi destino en Ciudad Real, lo que me permitió conocer con cierta profundidad las tierras Manchegas. Y si intentaré expresar mis sentimientos sobre la Semana Santa.

Vaya por delante que a mi me parece que, mantener la tradición, es perfectamente compatible con los tiempos actuales. Dice el profesor y académico Juan Antonio Sagardoy, que reivindica el mantenimiento de las tradiciones, como una forma de afirmar la personalidad de cada pueblo.

El nuestro, España, acentúa con el reflejo en sus calles de la Pasión del Señor, la firmeza de su Fe.
De esta Fe que también expreso yo, a través de mi pertenencia a dos Cofradías, una madrileña: la Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la fe y del Perdón, María Santísima Inmaculada Madre de la Iglesia y Arcángel San Miguel “Los Estudiantes” y otra malagueña: Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Puente del Cedrón y Nuestra Señora de la Paloma.

El tiempo de Semana Santa, junto con el de Navidad, son las épocas en que renace con más fuerza el mensaje de amor, el ejemplo de entrega de Jesús. En la calle, en los campos, junto al despertar de la vida, que es la primavera, se respira un ambiente de enriquecedor contenido religioso.

Este espíritu, históricamente, se ha reflejado en multitud de manifestaciones culturales. Personas dotadas de aguda sensibilidad para el arte o la literatura, han dedicado a la Pasión y Muerte de Jesús una atención muy destacada. Pintores, escultores, poetas, han dejado plasmado su especial sentido de la Semana Santa. Magistrales obras escultóricas y pictóricas plenas de belleza y dramatismo, que recogen momentos culminantes del Sacrifico de Jesús, recorren durante estos días las calles de los pueblos y ciudades de toda España entre el fervor popular. Encendidos versos han dejado testimonio del sentimiento por la muerte del Hijo de Dios. En los hogares cristianos, los mayores relataban a los pequeños las historias que de generación en generación venían hablando del dolor y el ejemplo de Jesús. Los modos de vida de hoy van haciendo desaparecer estas antiguas tradiciones.

Desde los primeros tiempos del cristianismo hasta nuestros días, la cruz ha sido un símbolo de hondo significado. La vida y la muerte de Jesús ha ejercido una profunda influencia en todo el orbe durante estos más de 2000 años.

“No habrá a la hora de rememorar la Pasión de Jesús, escribió José Mª Pemán, género literario español que no tenga sus versos a los Divino”.
La muerte de Cristo viene siendo ya durante más de dos mil años, como acto de amor grandioso - nada más importante que el Amor, tal y como nos lo acaba de recordar SS. Benedicto XVI en su primera encíclica “Dios es Amor” (Deus caritas est)- motivo de fantasía, sentimiento de dolor y emoción. Pintores, escritores, escultores, músicos, se han colocado al pie de la Cruz para pintar, contar o cantar. Recordemos la petición de León Felipe:

“Hazme una Cruz sencilla, carpintero,
sin añadidos ni ornamentos
que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos.

Los brazos, en abrazo hacía la tierra,
el astil, disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno,
que distraiga este gesto
ese equilibrio humano
de los diez mandamientos
sencilla, sencilla
hazme una Cruz sencilla, carpintero”.

La Semana Santa es época idónea para reflexionar sobre el pasado y realizar una tarea de análisis y recapitulación de nuestra vida, observando críticamente nuestro comportamiento, con el fin de despojarnos de nuestras rémoras, de nuestros malos hábitos y adecuar nuestra conducta al mensaje cristiano del amor.

En estos días son muchas las personas que aprovechan para retirarse a algún monasterio y vivir en paz y recogimiento el recuerdo de la Pasión y Muerte de Jesús y los cánticos de los monjes y las celebraciones litúrgicas colaboran sin duda a este propósito.

Pero, no olvidemos que la Semana Santa, además de su carácter religioso, en los tiempos actuales cumple también una función social importante: permitir un alto en el camino de la actividad cotidiana, dejar por unos días (pocos) los trabajos, los estudios, o los quehaceres del hogar. Así muchas personas suelen desplazarse de su residencia habitual y disfrutar, en compañía de sus mayores y sus pequeños, familiares o amigos, de unos días de descanso y muchas veces compatibilizar un merecido reposo con la contemplación de joyas de gran valor y a su vez con la veneración de bellas imágenes y pasos o tronos de variado esplendor en las que se representan escenas de la Pasión.

La Semana Santa es pasión y espectáculo, Fe profunda y afán exhibicionista. Nuestras Catedrales o Iglesias se llenan de fieles y de curiosos. Así es la contradicción que se vive en esta especial Semana. Respetemos las decisiones de cada cuál, todo el mundo tiene derecho a usar del modo que considere su tiempo libre, pero, los cristianos sepamos respetar y hacer respetar nuestras propias tradiciones.

No olvidemos como acaba de recordarnos Benedicto XVI en su viaje a España, que vivimos una fuerte situación de laicismo en nuestra sociedad.

Viene bien citar aquí lo que un ilustre pregonero de Semana Santa (el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón) exprese sobre lo desconcertante y extraño del comportamiento de los que viven alejados durante el año de las celebraciones litúrgicas, los que se llaman a sí mismos cristianos no practicantes, los que no han renunciado a su Fe para vivir realmente alejados de ellos y asumen una actitud crítica y casi de rechazo respecto a la Iglesia, e incluso los que se denominan agnósticos, ponen todo su entusiasmo y hasta una emoción singular al participar en estos desfiles procesionales, embargados de un sentimiento de austeridad religiosa y que no tienen ningún significado al margen del cristianismo.

Es frecuente ver cómo se contienen los rostros, se llenan de lágrimas los ojos y se desbordan de emoción los corazones de aquellos mismos que dicen no tienen Fe.

Porque los hechos históricos que conmemoran y procuramos vivir durante los días de esta Semana no tienen ningún valor y carecen de todo significado si no se cree en el Gran Misterio de Cristo.

Quizá no existe otra conmemoración en España tanto de carácter religioso cómo cívico-patriótico, decía Tarancón, que produzca tales movilizaciones masivas, tantos fervores íntimos que no puedan contenerse, tantos silencios elocuentes, tantos sacrificios que se aceptan voluntariamente, tanto derroche de belleza, de arte, incluso de suntuosidad espectacular como la Semana Santa, en realidad tienen esas mismas características aquí en Daimiel, y quizás con una fuerza, con un entusiasmo, con una participación más que multitudinaria, exhaustiva, que le da una relevancia y una singularidad especial.

Y veremos como la Pasión, en cada una de nuestras tierras, adquiere formas enraizadas con la tradición popular. Del lado andaluz y levantino, colorido, exuberancia, exteriorización de sentimientos; del castellano, dramatismo y austeridad.

Daimiel, influenciada por Andalucía y Levante y participando del espíritu castellano, ofrece en su Semana Santa caracteres que aproximándola a unos y otros, la impregnan de una personalidad singular.

Dice una pregonera ilustre, hija de Daimiel, Mª del Carmen Catalán Martín de Bernardo, que cuando en el año 1994 reinicia la Semana Santa en la ciudad, se respira un no sé que distinto, a veces sobrecogedor y misterioso, que al menos tiene la fuerza suficiente para detenernos y hacernos pensar, ¿por qué?, que detiene el reloj implacable de nuestras vidas para encontrarnos un poco a nosotros mismos, tan perdidos en los problemas.

Cabría preguntarse si hoy, en el año 2011, se vive con el mismo espíritu la Semana Santa. Sin duda, el trajín en las casas buscando y arreglando túnicas, las puesta al día de los pasos procesionales y el despertar el espíritu cofrade, es el mismo y, estoy convencido que también de renovación en nuestra Fe, acompañando a Jesús en su largo calvario.

El estricto orden cronológico de la salida de las diversas cofradías marca la severidad de una Semana, que se mezcla con el sentir popular de los fieles en las calles.

El Domingo, abre la Semana la unión de dos parroquias, Santa María la Mayor y san Pedro Apóstol, para la Procesión de Ramos dando paso ya, por la tarde, a la expresión infantil de la Fe. En la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, en la procesión de la Borriquilla que sale también de San Pedro y son sus protagonistas los miembros de la sección infantil de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Columna y Nuestra Señora de la Amargura.

Empieza pues, la Semana Santa, con el Domingo de Ramos, el triunfo de la entrada de Jesús, la alegría con quienes mejor la expresaron con su candidez, que son los más pequeños, es el pórtico luminoso de la Semana en que, paradójicamente, aquellos que en su día mostraron su satisfacción por la llegada del Mesías, acabaron luego por crucificarlo.

Después del lunes de preparación y embellecimiento del pueblo, según nos cuenta en su pregón D. Antonio Astillero, sale el Martes Santo, de la Ermita del Cristo de la Luz, la imagen del Santo Cristo de la Luz, llevado por la Archicofradía de la Pasión.

El Cristo de la Luz, ilumina las calles y él nos sirve de guía frente a nuestras dudas e incertidumbres y llena nuestras vacías vidas de esperanza.

Es ya Miércoles Santo cuando de nuevo se abren las puertas de San Pedro para que pueda transitar por las calles el paso del Santo Cristo del Consuelo. Ante nuestras congojas y tenores, aparece para sacarnos de nuestro abatimiento y de nuestras angustias, es llevado por sus cofrades enlutados, y tiene su origen en el gremio manchego de los carreteros.

Y esta evocación me lleva al recuerdo de la Cofradía madrileña de Jesús el Pobre, que también tiene su origen en un carro, aunque en este caso el carro de la basura, del gremio de los servicios de limpieza que sacarán a la calle a su Jesús en uno de sus carros dado lo limitado de sus finanzas. De ahí la denominación desde entonces a esta imagen madrileña que se le conoce como Jesús el Pobre.

Volvamos a Daimiel, el Jueves Santo inicia las procesiones la cofradía más antigua, la del Santísimo Cristo de la Columna y Nuestra Señora de la Amargura. Aparecen los pasos de la Santa Cena y de Jesús de Getsemaní en el Huerto, cuyas túnicas coloradas tienen su origen entre artesanos y hortelanos.

A la Oración del Huerto sigue el paso de Cristo atado a la columna y María Santísima de la Amargura.

En la última cena, Cristo se nos entrega en su Cuerpo y Sangre y queda así establecida la alianza auténtica del “amor fraterno” y, a continuación, Cristo se ata a la columna del sufrimiento y se acentúa la amargura de Nuestra Señora, en Daimiel, con los votos de la flagelación, la Madre se une al sufrimiento del Redentor.

Es ya Viernes Santo cuando los nazarenos de Nuestro Padre Jesús, saliendo de la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz, ocupan las calles con sus moradas túnicas, portando todos cruces sobre sus hombros que, otra vez el recuerdo, me lleva a mi experiencia en los años sesenta cuando salíamos los estudiantes de la calle Zorrilla para incorporarnos a la procesión del Silencio con la singularidad, como en Daimiel, de que cada hermano llevaba una cruz penitencial.

A Jesús le preceden los pasos del Niño Jesús, Coronación de Espinas, Jesús ante Pilatos, Jesús ayudado por el Cirineo, Jesús consuela a las mujeres, la Verónica y cierra el paso la Virgen del Primer Dolor.
Es en esta noche triste cuando se produce el encuentro de Jesús con su Madre, emoción que recorre las calles daimieleñas ante el simbólico abrazo entre la Madre Dolorosa y su querido Hijo, torturado por quiena de dar su vida.

También los “Blancos”, con origen en gremios industriales y de comerciantes, cofrades del Santísimo Cristo de la Expiración, y Nuestra señora de los Dolores, abren la Puerta de la Parroquia de Santa María la Mayor, ofreciendo la magnífica talla de cristo atribuida a Alonso Cano o a su propia escuela.

Se intensifica la cita y la cita es ahora en San Pedro, dos cofradías, en la primera, los “Negros” (origen del gremio de carpinteros) y la Hermandad del Santísimo Cristo del Sepulcro, quién exhibe los pasos de La Piedad y del Santísimo Cristo del Sepulcro y figura también por acuerdo entre Hermandades, el Santísimo Cristo del Consuelo.

En la segunda, los “Corbatos”, (origen en los pastores) con los pasos de El Regreso y Nuestra Señora de la Soledad, sumen de luto la ciudad.

Todo se cumple. La traición, la hipocresía de quién pudiendo decidir salvar a Jesús sucumbe a la contradicción de lavarse las manos, como si eso lavara también su conciencia. ¿Cuántas veces a lo largo de la historia se ha repetido esta triste forma de proceder?

Se llega a la mayor injusticia: La crucifixión. Por eso, por las calles pasa Cristo, con su corona de espinas y su Cruz a cuestas, hasta el Gólgota de su muerte.

Paso vacilante de Jesús, el peso de su cruz, que es la nuestra, le hace caer, su Madre y las mujeres, lloran y una, la Verónica, le despeja el rostro, como a nosotros nos gustaría poder aliviar a Jesús en su sufrimiento.

Llega el fin, y Jesús, en su inmensa misericordia, en medio de un acto real y de justicia, se acuerda de nosotros y nos deja la maravillosa herencia de su Madre.

Muere en la cruz, y el luto también ensombrece las calles daimieleñas, se oye el silencio ante el sepulcro del Señor y queda sola la Madre.

El Sábado Santo, antes del gozo de la Resurrección, todavía solo el redoble del tambor acompaña a la cofradía de María Desolada, Reina de los Mártires, Hermandad Provincial del Silencio que sale de Santa María la Mayor. Los pasos del Cristo de la Buena Muerte y el Divino Niño de la Pasión acompañan a María Desolada, Reina de los Mártires.

Se termina así con esta procesión del Silencio, la extraordinaria expresión popular de la Pasión de Cristo. Y estalla de nuevo la alegría de Cristo Resucitado, que deja la amargura de los tristes días de la Pasión. Para adentrarnos en una nueva vida de Renovación y Esperanza para los cristianos.

A lo largo de la semana hemos visto el sufrimiento de Cristo y un momento sublime, el del Encuentro con su madre. Ella asistió al Sacrificio de su Hijo para que todos fuéramos libres, por eso en estos días Santos, salen a la calle tantas y tan bellísimas imágenes de María.

María Dolorosa, encierra en su corazón el dolor en el que se mueve todo el pueblo daimieleño, en plenitud de silencio, se refleja el sórdido sonido del tambor.

Bien sabéis los daimieleños querer y respetar a Nuestra Señora, en su advocación de la Virgen de las Cruces, cuya denominación une el misterio de la Cruz con Su Maternidad.

Por eso en el drama de la Pasión, hay que recordar a la Madre Doliente, sola con el amargor de ver morir a su Hijo, enseñándonos a sufrir y compartir los malos momentos, para luego emerger gloriosa en la Resurrección. Ese emocionante momento que se vive en vuestra Semana Santa con el encuentro “Hijo aquí tienes a tu Madre…” regalo de Jesús en la Cruz, que nos deja lo mejor que nos puede dejar, a su Madre.

Tengamos un cariñoso recuerdo de su presencia a lo largo de la Pasión de Jesús. Pensemos también sobre su dolor de madre, trayendo a la memoria los versos de Gerardo Diego:

“He aquí, helados, cristalinos
sobre el virginal regazo
muertos ya para el abrazo
aquellos miembros divinos.

Huyeron los asesinos
¡Qué soledad sin colores!
¡Oh Madre mía! No llores
¡Como lloraba María!

La llaman desde aquél día
La Virgen de los Dolores”

El legado de la Semana Santa ha de ser que todos aprovechando el soporte de las procesiones y actos propios de estos días, recordemos el mensaje de amor de Jesús.

Quienes pertenecemos a una cofradía de Semana Santa y nos consideramos sus discípulos, sabemos que Su Muerte y Resurrección vino a liberarnos, tal y como bellamente describió Miguel de Cervantes:

“A ti me vuelvo, Gran Señor, que alzaste a costa de tu sangre y de tu vida, la mísera de Adán, primera caída, y a donde él nos perdió, Tu nos libraste”

El mensaje liberador de Jesús es Universal y todos los hombres de buena voluntad, sean cuales sean sus creencias, lo acogen con esperanza.
Vivimos en un mundo en el que suele cometerse el error de no valorar a las personas por lo que son, sino por lo que tienen, o que parece importar de los seres humanos es su posición, su poder, su prestigio en sociedad. El triunfo en lo económico, el éxito y la elevación social, se consideran decisivas, ocupar lo más alto en la escala de valores. Se considera a la persona por lo que tiene, ya que resulta difícil comunicar lo que es.

Jesús nos sugiere una nueva forma de vivir, revolucionó la historia con su mensaje de Amor, ausencia de egoísmo, solidaridad con los más desfavorecidos y vocación de servicio.

El ideal cristiano encuentra la felicidad más en dar que en recibir, más en la armonía que en el enfrentamiento, sin olvidar los casos extremos como hizo Jesús ante los mercaderes del Templo, más en el desarrollo integral de la persona que en la acumulación de bienes. El compromiso desinteresado a favor de las personas, la idea de servir a los demás, es medio para dar sentido auténtico a nuestra vida y camino hacia la verdadera felicidad.

La Semana Santa es tiempo de reflexión, de que nos planteemos si somos fieles al mensaje cristiano, de hacer brotar el amor en nuestro entorno. Debemos liberarnos de las ataduras que Jesús vino a romper y que nos empeñamos en mantener.

La búsqueda enfermiza de la riqueza, como reflejo de una cultura exenta de humanidad, la persecución del poder por el poder, para usarlo en beneficio propio o satisfacer nuestra vanidad, el hedonismo, perseguido por quienes hacen del placer su único aliento y que conduce a falsos paraísos, como la droga; y el espíritu consumista empujado por una fuerte propaganda mediática que adormece la voluntad de las personas.

Debemos aprovechar estos días de reflexión para pensar en la imperiosa necesidad de regenerar la sociedad, y defender con más ahíncos determinadas creencias, sentimientos, aspiraciones, como la tolerancia, la honradez en nuestro comportamiento, la solidaridad ante los más necesitados.

Insisto en que muchos de los que aquí estamos reunidos pertenecemos a una cofradía y queremos ser buenos discípulos de Jesús. No podemos, en consecuencia, permanecer todo un año esperando que lleguen los días en que conmemoramos la Pasión, Muerte de Jesús para sacar nuestras túnicas y asistir a las procesiones y permanecer en la parte externa de las mismas. No podemos quedarnos en la simple rutina o en el costumbrismo o en el folklore. No es suficiente si no vivimos conforme al mensaje cristiano.

No debemos admitir que el Sacrificio de Jesús (tan bien representado en las celebraciones de Semana Santa de Daimiel) resulte estéril.

Al final siempre está la eclosión victoriosa de la Resurrección…el triunfo de Jesús sobre la muerte, de la ilusión y la alegría sobre la desesperanza y la tristeza, en definitiva el triunfo del mensaje de Cristo y el cumplimiento de su misión en la tierra.
Este mensaje de amor y de servicio continúa en vigor. Han pasado miles de años pero el mensaje se mantiene vivo, a nosotros queridos amigos y cofrades nos corresponde aventar las brasas de tan importante legado para que las llamas permanezcan encendidas.


José María Álvarez del Manzano López del Hierro.

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