Secciones

Pregon 2007
Pregón Semana Santa 2007, por Mª Angeles Fernández Muñóz

Queridos amigos de la Junta de Hermandades de Semana Santa, sacerdotes de Daimiel, Sra. Concejala de Cultura, Srs. Presidentes de las Cofradías y Hermandades de Daimiel, queridos amigos daimieleños, gracias por acogerme en vuestro pueblo. Quiero comenzar agradeciendo a la Junta de Hermandades que me hayan dado la oportunidad de compartir este pregón en Daimiel, en esta preciosa y acogedora villa, corazón de la tierra manchega, corazón que se abre a todos los que venimos de fuera, y corazón que palpita con más fuerza cuando llega la Semana Santa. La palabra pregón me lleva a recordar, más por haberlo visto en las películas que por haberlo presenciado en vivo, a esos hombres que con sus cornetas anunciaban por los pueblos que iban a comunicar algo importante y que era conveniente que todos lo supieran. Seguro que en Daimiel todavía resuenan los ecos de aquellos que recorrieron las históricas calles de esta villa, llegando sus voces hasta el Santuario de las Cruces, las Tablas que nos regala el Guadiana y hasta la misma Motilla del Azuer. Yo estoy encantada de que hoy me permitan, en esta parroquia de Santa María la Mayor, anunciarles también algo importante. Los periodistas tenemos algo de pregoneros y cada vez más los medios de comunicación nos permiten llegar a muchas más personas que las que escuchaban a esos hombres que paseaban por los pueblos. Buscamos, preguntamos, investigamos, indagamos para encontrar la mejor noticia y contarla del modo más impactante, queremos que tenga la máxima repercusión y conseguir el mayor índice de audiencia. ¡Qué cosas! Sin embargo, quienes en un momento de la Historia tuvieron la mejor noticia que contar, se la anunciaron sólo a unas mujeres que, al rayar el alba fueron al sepulcro donde Jesús había sido enterrado, con los aromas preparados para embalsamarle.

Encontraron la tumba vacía y un ángel del Señor les dijo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”. ¡Qué gran noticia!…Sin embargo, incluso los propios amigos de Jesús tardaron en entender este gran acontecimiento. Le habían visto clavado en la cruz, con una lanza atravesándole el costado… y ahora estaba de nuevo con ellos, camino de Emaús, compartiendo el pan y el vino…
 

Quizá entonces recordaron aquel día, no muy lejano, en que le vieron entrar en Jerusalén a lomos de un asno mientras la multitud agitaba los ramos de palmas y le aclamaba diciendo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Nosotros mañana también saldremos a las calles, al ritmo que nos marca “La Borriquilla”, con nuestras palmas y ramas de olivos, que se confunden con los que portan las imágenes del grupo escultórico que reproduce “La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén”, como si formásemos parte del mismo paso. Y ocupando un lugar de privilegio estarán los niños vistiendo las túnicas de sus cofradías, y las
niñas/samaritanas portando ánforas de flores. Son esos mismos niños que Jesús quería tener muy cerca de Él, a los que, incluso, nos propuso como modelo para entrar al Reino de los Cielos. “Lo que hagáis a cualquiera de estos pequeños, -a los de Daimiel, a los de todo el mundo, también a los que aún no han salido del vientre de sus madres-, a mí me lo hacéis”.

Pero esos vítores y aclamaciones pronto van a dejar paso al silencio. Quizá el mismo lunes, cuando veamos descender la cruz que sostiene a Jesús que expira, y todos, daimieleños y forasteros, bajemos la mirada para contemplar a ese Cristo que yace, ese cuerpo castigado por la tortura y el dolor.

Tal vez recordemos entonces a esos hombres y mujeres a quienes la enfermedad también les mantiene postrados o aquellos que por las dificultades de la vida parece que no se pueden levantar, y a esos otros
tirados en las calles con una mano abierta pidiendo limosna y con los ojos suplicantes mendigando si quiera una mirada de consuelo… Es Lunes Santo y ya tenemos a Jesús frente a nosotros.
“Yo soy la Luz del mundo”, nos había dicho. Es la Luz que ilumina la noche del Martes Santo y las horas de todos los días. Con Él caminaremos desde su Santuario recordando el doloroso camino que recorrió Jesús hasta su llegada a la cruz. Esta devoción medieval del Via Crucis entronca con la costumbre de los primeros cristianos: la Dormitio Virginis, que nos habla de María recorriendo los lugares de la pasión. Esa
Pasión de Jesús de la que hace memoria cada día la familia Pasionista, religiosos y laicos, porque “está grabada en sus corazones”. Hace ahora cien años que están en Daimiel ayudando a soportar la cruz a todos los crucificados de nuestros días. Así, la cruz ya no irradia soledad, desesperación o noche; su última palabra es luz, apunta a un amanecer y despierta la esperanza.

Con los brazos abiertos nos espera también el Miércoles Santo. Los clavos en las manos no son obstáculo para que nos apriete amoroso hacia su corazón para consolarnos. Hace más de 300 años que los carreteros se acogieron a su protección, constituyendo la que después tomó el nombre de “Real e Ilustre Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del Consuelo”. Hoy, acostumbrados a recorrer caminos en rápidos y confortables medios de transporte, a alcanzar cualquier lugar del mundo por tierra, mar o aire, volvemos a Él y le acompañamos por la vía dolorosa o, mejor, nos acompaña a nosotros por el camino del dolor regalándonos su consuelo. No puedo evitar recordar aquellos versos de José Luis Martín Descalzo:

Nadie estuvo más solo que tus manos
Perdidas entre el hierro y la madera;
Mas cuando el pan se convirtió en hoguera,
Nadie estuvo más lleno que tus manos.
Nadie estuvo más muerto que tus manos,
Cuando, llorando, las besó María;
Mas cuando el vino ensangrentado ardía,
Nada estuvo más vivo que tus manos.
Nada estuvo más ciego que mis ojos
Cuando creí mi corazón perdido
En un ancho desierto sin hermanos.
Nadie estaba más ciego que mis ojos.
Grité, Señor, porque te habías ido
Y tú estabas latiendo entre mis manos.

Entre tanto el aroma de los dulces que salen de la sartén invade las calles de Daimiel: flores, barquillos, rosquillas,… que las mujeres preparan en sus cocinas para agasajar a sus invitados, recibir a los paisanos que un día se fueron a otras tierras y obsequiar con algo excepcional a aquellos con los que comparten su vida cotidiana. En la mañana del Jueves Santo, el olor dulce se mezcla en el aire con el sonido que sale de los instrumentos que hacen sonar los miembros de la centenaria Banda de Música Municipal y que es el preludio de los actos litúrgicos y las procesiones que se suceden en estos tres días Santos. Huele también a flores, con las que ya se están engalanado los pasos que saldrán en procesión.

Se va impregnando así el ambiente de esos “Aromas de Jueves Santo” que esa noche hará sonar la Banda de Tambores y Cornetas alentando el paso de la procesión. Porque una noche como ésta, Jesús subió a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus amigos. En la zona que hoy conocemos como Monte Sión, en la Ciudad Santa, escogieron el piso de arriba de la casa de un conocido para comer, según la costumbre judía, el pan sin levadura y el cordero pascual. Fue en este lugar donde Jesús les habló, una vez más y con ese lenguaje nuevo, del amor: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, os la doy yo.

Permaneced en mi amor, si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor. Os doy un mandamiento nuevo: que como yo os he amado, os améis unos a otros. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, no os llamo siervos sino amigos. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Y tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Después de cenar tomó el cáliz y dijo: este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.” Dos mil años después seguimos haciendo esto mismo en su memoria y en la tarde de
Jueves Santo actualizaremos, una vez más, el mandato del Amor. Las calles de Daimiel se teñirán de rojo, de colorao, para acompañar a Jesús en sus horas más amargas. Cuando la procesión pase por la Plaza de España, el olivo milenario testigo de la historia daimieleña se confundirá con esos otros olivos que fueron cobijo de Jesús allá en Getsemaní. Había subido a rezar muchas veces a ese monte acompañado de sus amigos. Sin necesidad de ponerse de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, sin muchas palabras. La tradición, confirmada por los peregrinos desde hace siglos, indica que muy cerca de este lugar, Jesús enseñó a quienes le seguían cómo teníamos que dirigirnos a Dios llamándole, como Él, Padre.

“Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros”.

Ahora Él repetía de nuevo estas palabras: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Hasta ese monte subieron a buscarlo quienes le iban a entregar. Fue hecho cautivo, momento que plasmó de modo magnífico
vuestro paisano Germán Romero y, atado a una columna, lo flagelaron.

Cuando suenen las notas de la “Santa Cena” y de la “Flagelación” reviviremos sobrecogidos aquellos momentos, quizá como aquellos jornaleros que, allá por el siglo XVI, se unieron en cofradía, la que llamamos “Del Santísimo Cristo de la Columna y María Santísima de la Amargura". Porque amargo fue el trance que tuvo que pasar su Madre al ver lo que estaban haciendo al Hijo de sus entrañas…y lo que estaba por venir. “Amarguras”, “En tus lágrimas, amargura”, hasta la música nos evoca ese sabor a hiel que tiene el dolor… Cuando la Virgen ya ha pasado ante nosotros, nuestros ojos se quedan fijos en su manto, el largo manto que nos da cobijo, que nos arropa en nuestras horas amargas y que es de color verde, el de la Esperanza.

Ya en la noche nos quedamos en silencio, con el corazón abierto al encuentro íntimo, hablando sólo con Dios, escuchando sólo a Dios, que se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, hasta la hora de acompañar a Nuestro Padre Jesús Nazareno en su camino hacia el Calvario. Cuando el sol aún no ha salido, en completa oscuridad, sonarán las notas de “El Niño Perdido” y nos encontraremos con el rostro anhelante de Jesús ya cargado con la cruz y coronado con espinas. Deja el silencio fecundo del convento de las Madres Carmelitas. Hace más de cuatro siglos que la gente que labraba esta tierra manchega, quiso ponerse bajo Su protección. Ahora las calles de Daimiel parecen pintadas de color “morao”, miles de personas lo acompañan en su camino, o le ven pasar, en silencio, en oración.

Nada que ver con las bulliciosas calles de Jerusalén, ahora y entonces, cuando la multitud que acompañó a Jesús lloraba o lo increpaba. Evocamos sus caídas doblado por el dolor y el peso de la cruz, la ayuda de Simón de Cirene que fue obligado a cargar con el madero, el consuelo de Jesús a las mujeres de Jerusalén, o el encuentro con su Madre. De nuevo “El Niño Perdido” es encontrado por su Madre que corre a Él con los brazos abiertos. Como vosotras, madres de Daimiel, que corréis cuando vuestro hijo pequeño cae al suelo o, cuando ya mayor, acudís veloces a levantarle de los tropiezos de la vida.

Este es el Primer Dolor de la Virgen en este día… pero quedan muchos más… Más tarde será otra mujer la que de nuevo se encuentre con Jesús, aquella a la que popularmente llamamos “Verónica”, la que, según la tradición, enjugó con su paño el rostro de Cristo quedándose así plasmada la “Verdadera Imagen” o, según la etimología griega, es la “Portadora de la Victoria”, remitiéndonos así a la Resurrección, al triunfo de Jesús sobre la muerte. 

Permítanme, amigos, que en este Viernes Santo, en el que la Iglesia Universal pide por los Santos Lugares, mi pensamiento vuelva también a la Tierra Santa que conocí hace dos años: Nazaret, Jerusalén, Jericó, el desierto de Judea…, aquella tierra que vio nacer, crecer, morir y resucitar a Jesús, el príncipe de la paz y que, sin embargo, está presente continuamente en los informativos y los periódicos por estar en permanente conflicto. Esa Tierra fértil de la que han tenido que emigrar muchos cristianos, igual que en otro tiempo lo hiciera la familia de Nazaret. Peregrinemos a la tierra de Jesús, ayudemos en este Viernes Santo a nuestros hermanos para que la Tierra Santa no se quede sin cristianos.

Ya está el sol en lo alto, ya se ha instalado el nuevo día, el largo día que nos remite a aquel en el que “las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta las tres de la tarde, el sol se eclipsó y la cortina del templo se rasgó por medio”1. Ha llegado la hora. “Jesús, con fuerte voz dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dijo esto y expiró”2. Magníficamente tallaron ese momento las manos del escultor. Miramos la imagen de Jesús exhalando por última vez el poco aire que ya podían albergar sus pulmones y que nos llega a nosotros a través de las notas de la marcha “Expiración”.

Pero antes Jesús se había acordado, una vez más, de todos nosotros cuando, dirigiéndose a Juan, el amigo al que tanto quería, le presentó a María como madre. Mientras en las iglesias y conventos de Daimiel se celebra la Pasión del Señor, en las calles cubiertas ahora de blanco, revivimos aquellos momentos en los que Jesús en la cruz es levantado del suelo y descubrimos el rostro de aquellos que nunca lo abandonaron como Juan o María Magdalena y, por supuesto, su Madre, que ya va cargada de Dolores. Estamos conmemorando el momento de la muerte del Hijo de Dios por amor a todos nosotros que, mientras tanto, le miramos con dolor y quizá, todavía con incertidumbre. Entre las filas de los cofrades distinguimos nuevamente las miradas transparentes, como si fueran las únicas capaces de intuir lo que todavía está por suceder, de los niños. Es admirable comprobar cómo año tras año, generación tras generación, siglo tras siglo, los padres de Daimiel trasmitís a vuestros hijos la Buena Noticia del Amor de Dios invitándoles a participar en los actos litúrgicos y en las procesiones. Al final de la procesión todos juntos recordaréis a aquellos hermanos de la cofradía que han fallecido, con la certeza, desde aquel primer Viernes Santo, de que la muerte no es el final del camino.
 
1 Lc 23, 45
2 Lc 23, 46

“Adiós a la vida”. Es el momento de la despedida. María lo tiene entre sus brazos, igual que las madres acunan cariñosas a sus hijos cuando son pequeños. Pronto tendrá que desprenderse de él. Se quedará sola, con la mirada perdida en la cruz desnuda, como tan acertadamente la supo reflejar vuestro paisano Juan D’Opazo en la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. Una imagen verdaderamente creativa es elocuente, constituye una forma de auténtico lenguaje, por lo que no se limita a reflejar algo existente sino que “invita a trascenderla”3. Tenéis en Daimiel magníficas muestras de la sensibilidad de tantos verdaderos artistas, que desde el respeto hacia lo que para los cristianos significan Jesucristo y la Virgen, han puesto su arte al encuentro de la fe y la cultura.

Artistas como lo son los carpinteros, a cuyo gremio se asocia la Hermandad del Santísimo Cristo del Sepulcro que junto con la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y representantes de todas las hermandades y cofradías daimieleñas inician, por las calles y plazas enlutadas, el recorrido que evoca el traslado del cuerpo de Jesús hasta el sepulcro. “Se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas”4. María, acompañada de sus amigos más cercanos, regresa del sepulcro en soledad…

Silencio, silencio en la noche de Daimiel, silencio de oración, silencio elocuente, silencio contemplativo como en el que viven cada día las religiosas Mínimas y las Carmelitas Descalzas. ¡Qué gran gozo para vuestro pueblo contar entre sus vecinos con dos conventos de clausura, además de otras comunidades religiosas como las Apostólicas del Corazón de Jesús, las Calasancias, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, las Religiosas Josefinas y la Comunidad Pasionista! Ellos sí que saben de la fecundidad del silencio, y del dolor, del trabajo con los pobres, con los 3 LOPEZ QUINTÁS. Alfonso. La revolución oculta. 1998, 294

4 Jn 19, 40

Necesitados, con los ancianos y los niños… Precisamente es Jesús niño el que, recostado en el Calvario y con los atributos de la Pasión, sale en la procesión del Sábado Santo. Le precede, el Cristo de la Buena Muerte, la muerte por amor, la muerte con amor. Le pedimos por aquellos que mueren en soledad. Acompañemos con amor a las personas en el momento de su muerte para que, de verdad, tengan una buena muerte, una muerte digna.

Vemos también a María, María Desolada, soportando ya siete dolores, pero siempre al lado de su Hijo. Porque desde el momento en que abrió de par en par las puertas de su corazón, María está unida a la vida y la obra salvífica de su Jesús. Esta unión se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En el nacimiento, cuando presentó a los pastores y a los magos a su Hijo primogénito; en el Templo cuando, hecha la ofrenda propia de los pobres, lo presentó a Dios y oyó profetizar a Simeón que una espada atravesaría su alma; en la vida pública, con su intercesión en las bodas de Caná; durante la pasión, con su unión fiel a Cristo hasta el pie de la Cruz, sufriendo profundamente con Él y asociándose a su sacrificio con entrañas de Madre; y en Pentecostés, implorando, junto con los Apóstoles, el don del Espíritu y ejerciendo su maternidad en los comienzos de la Iglesia. Y ahora la tenemos ante nosotros sujetando, acariciando con sus manos, los clavos y las espinas que atravesaron a Jesús y mirando implorante al cielo, con los ojos bañados en lágrimas de dolor, lágrimas de esperanza, lágrimas que pronto serán de alegría…Cuanto se enciendan las luces de las iglesias, suenen las campanas en las torres, cuanto entonemos con el coro de ángeles el Aleluya.

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”.

Aquel hombre joven que recorrió su tierra, siempre Santa, anunciando con sus palabras y sus obras el amor, llamando a la alegría a los pobres, los hambrientos y los que lloran, ya se ha quedado para siempre con nosotros y su mensaje resuena a través de los siglos para todos los hombres.

Esa es también nuestra tarea…¡Debemos ser valientes y estar dispuestos siempre a dar testimonio de la esperanza que tenemos!

Decía al comienzo que estaba encantada de que me hayan invitado a pregonar en Daimiel algo importante. Y quiero que el eco de este anuncio que hacemos en la parroquia de Santa María la Mayor traspase sus muros, que se extienda por todo el campo de Calatrava y más allá de nuestra tierra manchega, que el Guadiana se lo lleve hasta el mar y se expanda por todo el mundo… Porque eso tan importante que tengo que anunciaros es que, en cada momento de nuestras vidas, en cada persona con la que nos encontramos, Jesús está presente. ¡Vivamos con Él esta Semana Santa, acompañémoslo en su pasión y muerte y celebremos juntos la 

Resurrección! Y cuando María nos indique: haced lo que Él os diga, ¡hagámoslo! ¡No tengamos miedo! ¡Caminemos por donde Él nos señala! Queridos amigos de Daimiel, os deseo que viváis esperanzados esta Santa Semana y que juntos, festejemos felices el gozo de la resurrección.

Muchas gracias.