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Pregón 2007 de Doña Mª Angeles Fernández Muñoz
Pregón de Semana Santa del 2007

PREGÓN SEMANA SANTA

Daimiel, 31 de marzo de 2007
Queridos amigos de la Junta de Hermandades de Semana Santa, sacerdotes
de Daimiel, Sra. Concejala de Cultura, Srs. Presidentes de las Cofradías y
Hermandades de Daimiel, queridos amigos daimieleños, gracias por
acogerme en vuestro pueblo. Quiero comenzar agradeciendo a la Junta de
Hermandades que me hayan dado la oportunidad de compartir este pregón
en Daimiel, en esta preciosa y acogedora villa, corazón de la tierra
manchega, corazón que se abre a todos los que venimos de fuera, y corazón
que palpita con más fuerza cuando llega la Semana Santa.
La palabra pregón me lleva a recordar, más por haberlo visto en las
películas que por haberlo presenciado en vivo, a esos hombres que con sus
cornetas anunciaban por los pueblos que iban a comunicar algo importante
y que era conveniente que todos lo supieran. Seguro que en Daimiel
todavía resuenan los ecos de aquellos que recorrieron las históricas calles
de esta villa, llegando sus voces hasta el Santuario de las Cruces, las Tablas
que nos regala el Guadiana y hasta la misma Motilla del Azuer. Yo estoy
encantada de que hoy me permitan, en esta parroquia de Santa María la
Mayor, anunciarles también algo importante. Los periodistas tenemos algo
de pregoneros y cada vez más los medios de comunicación nos permiten
llegar a muchas más personas que las que escuchaban a esos hombres que
paseaban por los pueblos. Buscamos, preguntamos, investigamos,
indagamos para encontrar la mejor noticia y contarla del modo más 
impactante, queremos que tenga la máxima repercusión y conseguir el
mayor índice de audiencia. ¡Qué cosas! Sin embargo, quienes en un
momento de la Historia tuvieron la mejor noticia que contar, se la
anunciaron sólo a unas mujeres que, al rayar el alba fueron al sepulcro
donde Jesús había sido enterrado, con los aromas preparados para
embalsamarle. Encontraron la tumba vacía y un ángel del Señor les dijo:
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha
resucitado”. ¡Qué gran noticia!…Sin embargo, incluso los propios amigos

de Jesús tardaron en entender este gran acontecimiento. Le habían visto

 

clavado en la cruz, con una lanza atravesándole el costado… y ahora estaba
de nuevo con ellos, camino de Emaús, compartiendo el pan y el vino…
Quizá entonces recordaron aquel día, no muy lejano, en que le vieron
entrar en Jerusalén a lomos de un asno mientras la multitud agitaba los
ramos de palmas y le aclamaba diciendo: “Bendito el que viene en nombre
del Señor”. Nosotros mañana también saldremos a las calles, al ritmo que
nos marca “La Borriquilla”, con nuestras palmas y ramas de olivos, que se
confunden con los que portan las imágenes del grupo escultórico que
reproduce “La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén”, como si
formásemos parte del mismo paso. Y ocupando un lugar de privilegio
estarán los niños vistiendo las túnicas de sus cofradías, y las
niñas/samaritanas portando ánforas de flores. Son esos mismos niños que
Jesús quería tener muy cerca de Él, a los que, incluso, nos propuso como
modelo para entrar al Reino de los Cielos. “Lo que hagáis a cualquiera de
estos pequeños, -a los de Daimiel, a los de todo el mundo, también a los
que aún no han salido del vientre de sus madres-, a mí me lo hacéis”.
Pero esos vítores y aclamaciones pronto van a dejar paso al silencio.
Quizá el mismo lunes, cuando veamos descender la cruz que sostiene a
Jesús que expira, y todos, daimieleños y forasteros, bajemos la mirada para
contemplar a ese Cristo que yace, ese cuerpo castigado por la tortura y el
dolor.
Tal vez recordemos entonces a esos hombres y mujeres a quienes la
enfermedad también les mantiene postrados o aquellos que por las
dificultades de la vida parece que no se pueden levantar, y a esos otros
tirados en las calles con una mano abierta pidiendo limosna y con los ojos
suplicantes mendigando si quiera una mirada de consuelo… Es Lunes
Santo y ya tenemos a Jesús frente a nosotros.
“Yo soy la Luz del mundo”, nos había dicho. Es la Luz que ilumina
la noche del Martes Santo y las horas de todos los días. Con Él
caminaremos desde su Santuario recordando el doloroso camino que
recorrió Jesús hasta su llegada a la cruz. Esta devoción medieval del Via
Crucis entronca con la costumbre de los primeros cristianos: la Dormitio
Virginis, que nos habla de María recorriendo los lugares de la pasión. Esa
Pasión de Jesús de la que hace memoria cada día la familia Pasionista,
religiosos y laicos, porque “está grabada en sus corazones”. Hace ahora
cien años que están en Daimiel ayudando a soportar la cruz a todos los
crucificados de nuestros días. Así, la cruz ya no irradia soledad,
desesperación o noche; su última palabra es luz, apunta a un amanecer y
despierta la esperanza.
Con los brazos abiertos nos espera también el Miércoles Santo. Los
clavos en las manos no son obstáculo para que nos apriete amoroso hacia
su corazón para consolarnos. Hace más de 300 años que los carreteros se
acogieron a su protección, constituyendo la que después tomó el nombre de
“Real e Ilustre Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo del
Consuelo”. Hoy, acostumbrados a recorrer caminos en rápidos y
confortables medios de transporte, a alcanzar cualquier lugar del mundo
por tierra, mar o aire, volvemos a Él y le acompañamos por la vía dolorosa
o, mejor, nos acompaña a nosotros por el camino del dolor regalándonos su 
consuelo. No puedo evitar recordar aquellos versos de José Luis Martín
Descalzo:
Nadie estuvo más solo que tus manos
Perdidas entre el hierro y la madera;
Mas cuando el pan se convirtió en hoguera,
Nadie estuvo más lleno que tus manos.
Nadie estuvo más muerto que tus manos,
Cuando, llorando, las besó María;
Mas cuando el vino ensangrentado ardía,
Nada estuvo más vivo que tus manos.
Nada estuvo más ciego que mis ojos
Cuando creí mi corazón perdido
En un ancho desierto sin hermanos.
Nadie estaba más ciego que mis ojos.
Grité, Señor, porque te habías ido
Y tú estabas latiendo entre mis manos.
Entre tanto el aroma de los dulces que salen de la sartén invade las
calles de Daimiel: flores, barquillos, rosquillas,… que las mujeres preparan
en sus cocinas para agasajar a sus invitados, recibir a los paisanos que un
día se fueron a otras tierras y obsequiar con algo excepcional a aquellos con
los que comparten su vida cotidiana. En la mañana del Jueves Santo, el olor
dulce se mezcla en el aire con el sonido que sale de los instrumentos que
hacen sonar los miembros de la centenaria Banda de Música Municipal y
que es el preludio de los actos litúrgicos y las procesiones que se suceden 
en estos tres días Santos. Huele también a flores, con las que ya se están
engalanado los pasos que saldrán en procesión.

 

Se va impregnando así el ambiente de esos “Aromas de Jueves
Santo” que esa noche hará sonar la Banda de Tambores y Cornetas
alentando el paso de la procesión.
Porque una noche como ésta, Jesús subió a Jerusalén para celebrar la
Pascua con sus amigos. En la zona que hoy conocemos como Monte Sión,
en la Ciudad Santa, escogieron el piso de arriba de la casa de un conocido
para comer, según la costumbre judía, el pan sin levadura y el cordero
pascual. Fue en este lugar donde Jesús les habló, una vez más y con ese
lenguaje nuevo, del amor: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el
mundo la da, os la doy yo. Permaneced en mi amor, si guardáis mis
mandamientos permaneceréis en mi amor. Os doy un mandamiento nuevo:
que como yo os he amado, os améis unos a otros. Nadie tiene mayor amor
que el que da la vida por sus amigos, no os llamo siervos sino amigos.
Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Y tomando el pan,
dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: este es mi cuerpo, que se entrega
por vosotros. Después de cenar tomó el cáliz y dijo: este cáliz es la nueva
alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.” Dos mil años
después seguimos haciendo esto mismo en su memoria y en la tarde de
Jueves Santo actualizaremos, una vez más, el mandato del Amor. Las calles
de Daimiel se teñirán de rojo, de colorao, para acompañar a Jesús en sus
horas más amargas. Cuando la procesión pase por la Plaza de España, el
olivo milenario testigo de la historia daimieleña se confundirá con esos
otros olivos que fueron cobijo de Jesús allá en Getsemaní. Había subido a
rezar muchas veces a ese monte acompañado de sus amigos. Sin necesidad
de ponerse de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, sin
muchas palabras. La tradición, confirmada por los peregrinos desde hace
siglos, indica que muy cerca de este lugar, Jesús enseñó a quienes le 
seguían cómo teníamos que dirigirnos a Dios llamándole, como Él, Padre.
“Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del
cielo os perdonará a vosotros”.
Ahora Él repetía de nuevo estas palabras: “que no se haga mi
voluntad sino la tuya”. Hasta ese monte subieron a buscarlo quienes le iban
a entregar. Fue hecho cautivo, momento que plasmó de modo magnífico
vuestro paisano Germán Romero y, atado a una columna, lo flagelaron.
Cuando suenen las notas de la “Santa Cena” y de la “Flagelación”
reviviremos sobrecogidos aquellos momentos, quizá como aquellos 
jornaleros que, allá por el siglo XVI, se unieron en cofradía, la que
llamamos “Del Santísimo Cristo de la Columna y María Santísima de la
Amargura". Porque amargo fue el trance que tuvo que pasar su Madre al
ver lo que estaban haciendo al Hijo de sus entrañas…y lo que estaba por
venir. “Amarguras”, “En tus lágrimas, amargura”, hasta la música nos
evoca ese sabor a hiel que tiene el dolor… Cuando la Virgen ya ha pasado
ante nosotros, nuestros ojos se quedan fijos en su manto, el largo manto que
nos da cobijo, que nos arropa en nuestras horas amargas y que es de color
verde, el de la Esperanza.
Ya en la noche nos quedamos en silencio, con el corazón abierto al
encuentro íntimo, hablando sólo con Dios, escuchando sólo a Dios, que se
ha quedado con nosotros en la Eucaristía, hasta la hora de acompañar a
Nuestro Padre Jesús Nazareno en su camino hacia el Calvario.
Cuando el sol aún no ha salido, en completa oscuridad, sonarán las
notas de “El Niño Perdido” y nos encontraremos con el rostro anhelante de
Jesús ya cargado con la cruz y coronado con espinas. Deja el silencio
fecundo del convento de las Madres Carmelitas. Hace más de cuatro siglos
que la gente que labraba esta tierra manchega, quiso ponerse bajo Su
protección. Ahora las calles de Daimiel parecen pintadas de color “morao”,
miles de personas lo acompañan en su camino, o le ven pasar, en silencio,
en oración.
Nada que ver con las bulliciosas calles de Jerusalén, ahora y
entonces, cuando la multitud que acompañó a Jesús lloraba o lo increpaba.
Evocamos sus caídas doblado por el dolor y el peso de la cruz, la ayuda de
Simón de Cirene que fue obligado a cargar con el madero, el consuelo de
Jesús a las mujeres de Jerusalén, o el encuentro con su Madre. De nuevo
“El Niño Perdido” es encontrado por su Madre que corre a Él con los
brazos abiertos. Como vosotras, madres de Daimiel, que corréis cuando
vuestro hijo pequeño cae al suelo o, cuando ya mayor, acudís veloces a
levantarle de los tropiezos de la vida.
Este es el Primer Dolor de la Virgen en este día… pero quedan
muchos más… Más tarde será otra mujer la que de nuevo se encuentre con
Jesús, aquella a la que popularmente llamamos “Verónica”, la que, según la
tradición, enjugó con su paño el rostro de Cristo quedándose así plasmada
la “Verdadera Imagen” o, según la etimología griega, es la “Portadora de la
Victoria”, remitiéndonos así a la Resurrección, al triunfo de Jesús sobre la
muerte.  
 
Permítanme, amigos, que en este Viernes Santo, en el que la Iglesia
Universal pide por los Santos Lugares, mi pensamiento vuelva también a la
Tierra Santa que conocí hace dos años: Nazaret, Jerusalén, Jericó, el
desierto de Judea…, aquella tierra que vio nacer, crecer, morir y resucitar a
Jesús, el príncipe de la paz y que, sin embargo, está presente continuamente
en los informativos y los periódicos por estar en permanente conflicto. Esa
Tierra fértil de la que han tenido que emigrar muchos cristianos, igual que
en otro tiempo lo hiciera la familia de Nazaret. Peregrinemos a la tierra de
Jesús, ayudemos en este Viernes Santo a nuestros hermanos para que la
Tierra Santa no se quede sin cristianos.
 
Ya está el sol en lo alto, ya se ha instalado el nuevo día, el largo día
que nos remite a aquel en el que “las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta
las tres de la tarde, el sol se eclipsó y la cortina del templo se rasgó por
medio”1. Ha llegado la hora. “Jesús, con fuerte voz dijo: Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu. Dijo esto y expiró”2. Magníficamente
tallaron ese momento las manos del escultor. Miramos la imagen de Jesús
exhalando por última vez el poco aire que ya podían albergar sus pulmones
y que nos llega a nosotros a través de las notas de la marcha “Expiración”.
Pero antes Jesús se había acordado, una vez más, de todos nosotros
cuando, dirigiéndose a Juan, el amigo al que tanto quería, le presentó a
María como madre. Mientras en las iglesias y conventos de Daimiel se
celebra la Pasión del Señor, en las calles cubiertas ahora de blanco,
revivimos aquellos momentos en los que Jesús en la cruz es levantado del
suelo y descubrimos el rostro de aquellos que nunca lo abandonaron como
Juan o María Magdalena y, por supuesto, su Madre, que ya va cargada de
Dolores. Estamos conmemorando el momento de la muerte del Hijo de
Dios por amor a todos nosotros que, mientras tanto, le miramos con dolor y
quizá, todavía con incertidumbre. Entre las filas de los cofrades
distinguimos nuevamente las miradas transparentes, como si fueran las
únicas capaces de intuir lo que todavía está por suceder, de los niños. Es
admirable comprobar cómo año tras año, generación tras generación, siglo
tras siglo, los padres de Daimiel trasmitís a vuestros hijos la Buena Noticia
del Amor de Dios invitándoles a participar en los actos litúrgicos y en las
procesiones. Al final de la procesión todos juntos recordaréis a aquellos
hermanos de la cofradía que han fallecido, con la certeza, desde aquel
primer Viernes Santo, de que la muerte no es el final del camino.  
 
1 Lc 23, 45
2 Lc 23, 46
 
“Adiós a la vida”. Es el momento de la despedida. María lo tiene
entre sus brazos, igual que las madres acunan cariñosas a sus hijos cuando
son pequeños. Pronto tendrá que desprenderse de él. Se quedará sola, con la
mirada perdida en la cruz desnuda, como tan acertadamente la supo reflejar
vuestro paisano Juan D’Opazo en la imagen de Nuestra Señora de la
Soledad. Una imagen verdaderamente creativa es elocuente, constituye una
forma de auténtico lenguaje, por lo que no se limita a reflejar algo existente
sino que “invita a trascenderla”3. Tenéis en Daimiel magníficas muestras de
la sensibilidad de tantos verdaderos artistas, que desde el respeto hacia lo
que para los cristianos significan Jesucristo y la Virgen, han puesto su arte
al encuentro de la fe y la cultura.
Artistas como lo son los carpinteros, a cuyo gremio se asocia la
Hermandad del Santísimo Cristo del Sepulcro que junto con la Cofradía de
Nuestra Señora de la Soledad y representantes de todas las hermandades y
cofradías daimieleñas inician, por las calles y plazas enlutadas, el recorrido
que evoca el traslado del cuerpo de Jesús hasta el sepulcro. “Se llevaron el
cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas”4. María,
acompañada de sus amigos más cercanos, regresa del sepulcro en
soledad…
Silencio, silencio en la noche de Daimiel, silencio de oración,
silencio elocuente, silencio contemplativo como en el que viven cada día
las religiosas Mínimas y las Carmelitas Descalzas. ¡Qué gran gozo para
vuestro pueblo contar entre sus vecinos con dos conventos de clausura,
además de otras comunidades religiosas como las Apostólicas del Corazón
de Jesús, las Calasancias, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados,
las Religiosas Josefinas y la Comunidad Pasionista! Ellos sí que saben de la
fecundidad del silencio, y del dolor, del trabajo con los pobres, con los
3 LOPEZ QUINTÁS. Alfonso. La revolución oculta. 1998, 294
4 Jn 19, 40
necesitados, con los ancianos y los niños… Precisamente es Jesús niño el
que, recostado en el Calvario y con los atributos de la Pasión, sale en la
procesión del Sábado Santo. Le precede, el Cristo de la Buena Muerte, la
muerte por amor, la muerte con amor. Le pedimos por aquellos que mueren
en soledad. Acompañemos con amor a las personas en el momento de su
muerte para que, de verdad, tengan una buena muerte, una muerte digna.
Vemos también a María, María Desolada, soportando ya siete dolores, pero
siempre al lado de su Hijo. Porque desde el momento en que abrió de par
en par las puertas de su corazón, María está unida a la vida y la obra
salvífica de su Jesús. Esta unión se manifiesta desde el momento de la
concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En el nacimiento, cuando
presentó a los pastores y a los magos a su Hijo primogénito; en el Templo
cuando, hecha la ofrenda propia de los pobres, lo presentó a Dios y oyó
profetizar a Simeón que una espada atravesaría su alma; en la vida pública,
con su intercesión en las bodas de Caná; durante la pasión, con su unión
fiel a Cristo hasta el pie de la Cruz, sufriendo profundamente con Él y
asociándose a su sacrificio con entrañas de Madre; y en Pentecostés,
implorando, junto con los Apóstoles, el don del Espíritu y ejerciendo su
maternidad en los comienzos de la Iglesia. Y ahora la tenemos ante
nosotros sujetando, acariciando con sus manos, los clavos y las espinas que
atravesaron a Jesús y mirando implorante al cielo, con los ojos bañados en
lágrimas de dolor, lágrimas de esperanza, lágrimas que pronto serán de
alegría…Cuanto se enciendan las luces de las iglesias, suenen las campanas
en las torres, cuanto entonemos con el coro de ángeles el Aleluya.
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha
resucitado”. Aquel hombre joven que recorrió su tierra, siempre Santa,
anunciando con sus palabras y sus obras el amor, llamando a la alegría a los
pobres, los hambrientos y los que lloran, ya se ha quedado para siempre con
nosotros y su mensaje resuena a través de los siglos para todos los hombres.
 
Esa es también nuestra tarea…¡Debemos ser valientes y estar dispuestos
siempre a dar testimonio de la esperanza que tenemos!
Decía al comienzo que estaba encantada de que me hayan invitado a
pregonar en Daimiel algo importante. Y quiero que el eco de este anuncio
que hacemos en la parroquia de Santa María la Mayor traspase sus muros,
que se extienda por todo el campo de Calatrava y más allá de nuestra tierra
manchega, que el Guadiana se lo lleve hasta el mar y se expanda por todo
el mundo… Porque eso tan importante que tengo que anunciaros es que, en
cada momento de nuestras vidas, en cada persona con la que nos
encontramos, Jesús está presente. ¡Vivamos con Él esta Semana Santa,
acompañémoslo en su pasión y muerte y celebremos juntos la
 
Resurrección! Y cuando María nos indique: haced lo que Él os diga,
¡hagámoslo! ¡No tengamos miedo! ¡Caminemos por donde Él nos señala!
Queridos amigos de Daimiel, os deseo que viváis esperanzados esta Santa
Semana y que juntos, festejemos felices el gozo de la resurrección.
Muchas gracias.
Mª Angeles Fernández Muñoz

 

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