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Pregón 2005 de Don Vicente Carranza Escudero
PREGÓN DE SEMANA SANTA EN DAIM1EL. AÑO 2.005

PREGÓN DE SEMANA SANTA EN DAIM1EL. AÑO 2.005
 
En primer lugar quiero agradecer al Sr. Presidente y miembros de la Junta de Hermandades de la Semana Santa Daimiel, al Excelentísimo Señor Alcalde y miembros de la Corporación municipal, a las autoridades eclesiásticas, civiles y a todos los daimieleños, el honor de haber sido nombrado pregonero de la Semana Santa de Daimiel de éste año 2.005.
 
Hay daimieleños muy importantes y significativos, dentro y fuera de nuestro solar manchego que, sin lugar a dudas, hubieran desempeñado y disertado con mas acierto la responsabilidad que, hoy y en éste momento, me pesa como una losa.
 
En segundo lugar he de justificar mi presencia en éste acto tan importante para Daimiel, ya que forma parte de una tradición heredada y un gran respeto hacia mis paisanos, pues no ignoro que por ésta tribuna han pasado personalidades de gran nivel cultural y académico, con grandes y profundos estudios religiosos que vosotros mis paisanos entendéis bien.
 
Como las gentes de pueblo somos muy claras, yo pensé que no sabría resolver ni evocar en profundidad la eucaristía y la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo.
 
He tenido en mi poder y he leído varias copias de pregones anteriores y lógicamente los he entendido y a las personalidades que los escribieron, mas yo he de confesar aquí, que no estoy capacitado intelectualmente para desarrollar estos temas religiosos en profundidad. Cada uno en la vida elige una actividad intelectual y trata de vivirla y desarrollarla lo mejor que puede y sabe.
 
He leído a grandes autores que escribieron textos importantes sobre estos actos. No me parecía honesto reflejar fragmentos de esos escritos y decidí que mi pregón había de ser sobre mis vivencias y sentimientos de mi niñez, de mi infancia. Las copias siempre han sido copias y pensé que éste pregón debía basarse en mis nostalgias y recuerdos vividos en este nuestro pueblo.
 
Este acto es el prólogo de lo que se avecina, acto que por cierto es la primera vez que veo, no porque lo ignorara , si no porque al no vivir aquí y habiendo llevado una vida de plena actividad, en la que por cierto continúo, ha dificultado por una causa u otra mi presencia en estos actos que sí he sabido que han sido de importancia por el respeto al pueblo de Daimiel y sus Semanas Santas.

A los setenta y siete años vuelvo, como el labriego, a pisar mi tierra parda. Cansado de recorrer caminos llego ante vosotros y os pido que no me juzguéis por este acto; después de toda una vida intensa de trabajo podría resultar una prueba de fuego. Hice cuanto pude y hoy es un acto más de fe, entre las muchas dificultades que encontré en el camino y que se superaron con dignidad.

Por lo tanto, queridos paisanos, miradme como si fuera uno de vosotros; ¡lo soy! y sobre todo, soy hijo del Pueblo. Mis títulos y blasones son los de ser hijo de tendero y que por donde quiera que fui pregoné el nombre de mi Pueblo y jamás olvidé mis ancestros.
 
Un día no muy lejano, me llamó por teléfono Don Francisco Javier García Simal, y tuvo la atención y deferencia de comunicarme que la Junta de Hermandades habían decidido invitarme a ser pregonero de la Semana Santa de Daimiel de este año 2.005. Acepté y aquí estoy. Sólo me queda mi agradecimiento sincero a todos los que decidieron mi nombramiento como pregonero.
No es la primera vez que estoy en este recinto sagrado, prácticamente en este entorno transcurrió mi infancia. Mi escuela Piña enfrente, mis primeros juegos en estos jardines al lado de la Manola, aquí viví muchas experiencias y conocí a varios sacerdotes. Esta Iglesia de Santa María la Mayor, de estilo gótico ojival del Siglo XIV, es una parte muy importante en mi vida. Aún cuando fui bautizado en San Pedro, por proximidad de mi colegio, aquí transcurrió mi infancia.
 
Este recinto lo vi cargado de oropeles, y lo vi un día vacío y convertido en almacén, ennegrecido y deteriorado. Fui presenciando su recuperación y después de sesenta años vuelvo ante vosotros, no para que me juzguéis si no para que sepáis que de las Semanas Santas sabía casi todo lo que puede saber un niño. Los años no perdonan, pero aún así y todo quedan recuerdos entrañables.
Nací en la calle Arenas n° 32, en la misma que vivió don Valerio. Todas las mañanas para ir al colegio debía pasar por su casa, por su ventana y allí me detenía cuando el maestro ensayaba. Me aprendí de memoria las notas del "Niño Perdido" de Joaquín Sedaño, Flagelación y Expiración de don Valerio, y como las mañanas iba de músicos, al dar la vuelta a la calle y aquí detrás de esta iglesia, me detenía en la ventana para ver y oír ensayar al gran pianista que fue el maestro Romo. Mis mañanitas por tanto, eran de un recorrido obligatorio hasta llegar ante esta Iglesia, con la obligada entrada para ver quién estaba celebrando la Santa Misa.

La Banda Municipal en las Semanas Santas era y es la que mayor protagonismo tiene en ellas. Han sido antes intérpretes familiares míos, y como no recordar a don Valerio, a él le pasó como a Juan D'Opazo; fueron una institución que yo deseo recordar y conservar por que los dos me hicieron vibrar y sentir emociones.

Las campanas de las Iglesias de Daimiel enmudecían en Semana Santa. Santa María y San Pedro, las otras permanecían ocultas en sus espadañas y a la que mas echaba de menos era a la cantarína del Convento de Monjas Mínimas. Nací cerca del Convento y debió ser el primer sonido que escuché en mi vida y quisiera que fuera el último. He vivido toda mi existencia pensando en él, he creído y soñado que para entrar en la otra vida no hace falta que los grandes carillones de las Catedrales te acompañen, prefiero oír entre el silencio de mi pueblo la campanita de las Monjas Mínimas que ocupó siempre un lugar en mi corazón.

 

Las Semanas Santas son días de reflexión y de alegría, de conversión y de penitencia, las tradiciones cristianas se expresan y se manifiestan a través de los siglos, y la Fe va reforzándose y renovándose. Los recuerdos de la niñez se agrandan y piensas que más de dos mil años de historia y de tradiciones no te permiten pensar en un fin, si no en continuar recordando y agrandando nuestras vivencias.

 

Hace aproximadamente sesenta años llegó a Daimiel un hombre con un aspecto extraño, de soñador, hombre ajeno a lo que ocurría en aquella época en un pueblo en donde nos conocíamos prácticamente todos. Miraba de frente pero con la mirada perdida y huidiza, daba la sensación de vivir en soledad. Quizá era mi apreciación. No le traté jamás pero si le oí muchas veces hablar. Mi edad comparada con la de él no se prestaba al diálogo.
 
En un local pequeño, al empezar la calle de San Antonio a la derecha, se instaló aquel hombre y lo convirtió en un pequeño taller que siempre tenía las puertas abiertas. Pronto supimos quien era, era un artista escultor y como desde niño siempre estuve relacionado con las Bellas Artes, siendo para ello el hilo conductor para tal fin, nuestro querido Juan, don Juan D'Opazo, era lógico que me interesara por él.

 

Aquel forastero que al emigrar yo, nunca supe de dónde era ni si tenia familia o era solo, lo que si sabía es que era raro. Aquel hombre se llamaba José Gutiérrez Sánchez ¡escultor!. Ante la curiosidad por descubrir que es lo que iba a hacer, me dio por pasar diariamente por el taller de puertas abiertas y verle trabajar en la madera. Iba ensamblando maderas y haciendo un verdadero tarugo, en realidad era la iniciación de una escultura que terminó siendo "el Cristo de la Columna". Seguí su proceso de modelaje, con formones y gubias hasta verle convertido en el Cristo de la Columna que hoy existe en Daimiel.

 

Aquellas escenas me resultaban de una belleza impresionante y con el pasar de los días la emoción se iba apoderando de mí.
 
Después, en uno de mis primeros viajes y desde los soportales cerca del Ayuntamiento vi desfilar aquella escultura, el Cristo de la Columna. Imaginad mi emoción.
 
En Daimiel se pregonaba por las esquinas la venta de cal viva por celemines. Era el Daimiel de cal y sol, de pajitos por los tejados y portones con llamadores y gateras. Era un pueblo entrañable que amaba sus Semanas Santas y en el que las mujeres enjalbegaban, repintaban sus puertas y resoplaban sus ventanas para las fiestas que se avecinaban. Era el Daimiel de puertas abiertas, cuando el forastero y el pobre desde la puerta de la calle pronunciaba esa bella frase de "ave María purísima"', y la dueña contestaba; "sin pecado concebida'.
 
Era nuestra pasión vivida, la cercana a nosotros, la sentimental que a los seres humanos nos hacía estar más cerca de los que sufrían. Reflejaban en sus rostros la soledad que unida a la pobreza eran escenas de un patetismo, de una época que nos tocó vivir y que guardaba relación con la semana de dolor y de pasión.
 
Anteriormente a éste recuerdo de José Gutiérrez, había un caserón que existe en frente del taller del escultor en la calle de la Amargura, en el que vivía el gran maestro que fue Rosario Mejía Lara, el hombre que mas colaboró en la restauración de las iglesias y conventos de Daimiel. Hombre que he recordado toda mi vida porque dejó en mí, una huella profunda de lo que debía ser la rectitud y honestidad. En aquella época se unió colaborando con el gran artista don Alfredo Lerga, y los dos trabajaron en el en el proyecto del Altar Mayor de San Pedro. El hijo de Lerga fue un día noticia nacional ya que se encargó del caso Rumasa; fue el Juez Lerga, hijo de aquel artista que dejó su huella en San Pedro y trono de Jesús por el que cobró 15.000 pesetas, pagadas en cómodos plazos.
 
No deseo terminar este capítulo sin recordar a otro hombre que siguió la línea de Rosario Mejía, colaborando con las instituciones religiosas de Daimiel. Fue Miguel Díaz de Mera, amigo mió desde la infancia. Sentí gran admiración por él, y hoy tenía la necesidad de recordarlo porque fue de los hombres que dejó huella en este pueblo.
 
Es muy difícil cambiar las raíces históricas de un pueblo que cree y me imagino que dentro de unos días se volverá a repetir la historia; bajando en su trono Jesús de Nazareno por la calle Jesús. Irá con él parte de la historia de un pueblo acompañándole al compás de tambores y cornetas y escoltado por sus "inoraos" en uno de los amaneceres mas bellos y entrañables de éste pueblo donde la luna va apartando los negros nubarrones y va haciéndose la luz para que los nativos contemplen el paso y expresen en silencio sus sentimientos hacia Jesús de Nazareno.

 

Pronto hará su encuentro con la Virgen del Primer Dolor y el pueblo volverá a revivir la escena conmovedora donde solo recordará el amor de la Madre que sufre ante la triste mirada del hijo que va camino del Calvario.

Por la tarde,   dos horas antes ya estábamos esperando en el parterre que salieran "los blancos".
 
De mi niñez recuerdo con verdadero cariño, y me imagino que aquí habrá quien la recuerde, a aquella santa mujer que fue Vicenta Aldea, creo recordar que era maestra. Aquella mujer saludaba a todo el mundo, era cariñosa, alegre, educada, amable y también yo diría que muy entrañable para todos los daimieleños. Saludaba a niños y ancianos. Siempre enlutada me recordó años mas tarde un personaje salido de una obra de García Lorca.
 
Recuerdo la anécdota de una Semana Santa; al principio de ella iba yo por la calle Arenas y como casi siempre iba silbando y alegre. Cuando Vicenta llegó frente a mi, se detuvo y me dijo; Vicente, tu sabes que no se puede cantar, ni hablar fuerte, nuestro Señor Jesucristo está muerto. Yo infeliz de mi le dije; Jesús no ha muerto todavía, morirá el viernes. Y con esa alegría en el rostro que le caracterizaba me contestó; si Vicentillo llevas razón, pero está muy grave. Que Dios bendiga y tenga en la Gloria a aquella santa mujer que repartió tanto amor por tas calles de Daimiel.
 
Durante las Semanas Santas de mi niñez, las prohibiciones eran exageradas, te prohibían muchas cosas, las palabras malsonantes no, porque entonces no se había divulgado y extendido tanto nuestro vocabulario. El nuestro era más moderado, pero más rico en sus expresiones. No se podía hablar fuerte, las conversaciones debían ser en tonos suaves o susurrantes y, con la ignorancia de tu niñez, te sentías un poco culpable de lo que ocurría en esos días de nuestras Semanas Santas.
 
Como no recordar a los personajes cultos de aquella época en Daimiel, lo concursos poéticos y literarios, la flor natural. En Semana Santa, por ser primavera, se despertaba con mas emoción la cultura literaria. Surgían las primeras expresiones de amor entre las juventudes, las miradas en silencio, el dar vueltas y mas vueltas por la plaza para hacerse ver, bajar la mirada y hacerse los encontradizos esperando la llegada de los pasos, y contemplando las escenas de dolor que ayudaban al ser humano a expresar los sentimientos ocultos.

 

Mis recuerdos de la Semana Santa cinematográfica fue la de ver mi primera película muda en el viejo Teatro Ayala. En el año 1.934 fuimos todos mis hermanos y yo a ver Rey de Reyes que, como era natural, trataba sobre la Pasión y Muerte de Jesús. Aquellas escenas del calvario y ver a Judas aún no las he olvidado, como tampoco olvidé nunca en la primera fila del teatro la divina calva de D. Gustavo el médico.

En Semana Santa, las viejecitas enlutadas atravesaban las calles del pueblo recién enjalbegadas portando los reclinatorios, para sobre ellos practicar sus rezos. El silencio era monacal. Una mujer enlutada y atravesando las callejuelas de un Daimiel sin coches y sin carros, era la Castilla profunda que cantaron los grandes poetas y escritores.
 
Con solo pronunciar su nombre la calle de la Amargura ya era emocionante, creo sin lugar a dudas que era la que marcaba la Semana Santa de Daimiel. Estaba siempre en el pensamiento de todos. Se proyectaban las sombras alargadas de los nazarenos al paso del Cristo Yacente como las figuras y personajes de El Greco en El Entierro del Conde de Orgaz. Mas que la calle de la amargura, era la calle del silencio y de la comunicación en voz baja. El tambor se oía a lo lejos y tus sentimientos crecían cuando ante ti pasaba el Santísimo Cristo del Sepulcro y detrás la Soledad de Juan. Por cierto, con Juan D'Opazo ganamos un gran pintor y un gran amigo del pueblo, llegando a ser admirado hasta su muerte, pero perdimos un gran escultor.
 
Se hacía interminable el cortejo hasta volver a verlo por los soportales en el lado del Ayuntamiento. El silencio se hacia cada vez mas profundo. En el cielo aumentaban los negros nubarrones, se barruntaba agua.
La entrada en la Plaza porticada con sus setenta y seis columnas que yo no me cansaba de contarlas de niño. Años mas tarde la llegué a idealizar en sueños y despierto. Veía entrar a Cristo Yacente en un Coliseum Romano y atravesando la columnata de Bernini en el Vaticano. En mi pensamiento y en mi corazón adelantaba la Resurrección y la Gloria para acabar con tanto dolor. Al pasar delante de ti el cadáver observabas la fila de enfrente y los rostros de los daimieleños entraban en éxtasis, eran reproducciones de los lienzos que pintara Solana, que es quien trató con mas profundidad el dolor y el sentimiento de las Semanas Santas de Castilla.
 
Esa Plaza que tanto amé de niño, siempre la recuerdo en los días de Semana Santa, los cirios encendidos y el paso lento de sus nazarenos. La iluminación de algunas bombillas a las que se veían sus filamentos rojos. Zuacorta no daba para más, no producía más potencia energética. Solo se oía la voz del hermano mayor portando el cetro y susurrando a los hermanos las órdenes.

 

De los sentimientos profundos en nuestra niñez no necesitábamos que los sacerdotes nos contaran lo que sufrió Jesús por nosotros, ya que lo sentíamos nuestro, y nuestro su dolor y nuestro el gran amor que sentíamos por aquellas escenas que volvíamos a revivir un año más.

Don Valerio, siempre don Valerio, el "niño perdido", escucharlo era como tocar el cielo con los dedos, eran años de felicidad, de amor y de paz. Eran otros tiempos en los que conservábamos nuestras costumbres y tradiciones a pesar de tener una economía deficitaria y raquítica.
 
Había pasado la banda de tambores y cornetas y se aproximaba don Valerio con su Expiración. Al bombo Plácido, Fernando en el centro, los hermanos Alejo, los Carranza y otros inolvidables y el último; mi tío Pepe tocando el clarinete. Por cierto; a mí me daba vergüenza, ¡mi tío el último!. Más tarde me enteré que por ser músico de primera, esa era la posición correcta que debía llevar.
 
Las Semanas Santas de Daimiel yo las recuerdo en el entorno y ambiente que había a principios del segundo tercio del siglo XX. Sus personajes paseando por sus calles empedradas, no todas. No existían coches ni vehículos de tracción mecánica, los había de tracción animal, y estos se encerraban en las casas de labor.
 
Las Semanas Santas de Daimiel tienen más de cinco siglos de historia y son las fiestas mas importantes de la Cristiandad y, en nuestro Pueblo son un sentimiento de amor a nuestra tierra. A Daimiel le quitan las Semanas Santas y pierde su identidad como pueblo católico.
 
La mayoría de los daimieleños estrenábamos alguna prenda o calzado en esos días. Ilusión desmesurada por estrenar. Modistas y sastres trabajaban sin descanso para hacer que los personajes y sobre todo los jóvenes y niños luciéramos nuestras mejores galas.
 
El primer día fuerte de Semana Santa era el Jueves Santo, uno de los que dicen que resplandece mas el sol, y era verdad. Caminábamos por las calles empedradas con zapatos nuevos, no sabíamos andar y pensábamos que todo el mundo nos miraba, íbamos de casa a la plaza, de la plaza al Parterre de la Libertad, que así se llamó. Luego era obligado visitar las estaciones y ver en ese día salir a los "los coloraos" de San Pedro.
 
Los habitantes nacidos en ésta ciudad seguirán conservando las tradiciones de un pueblo que ha sabido evolucionar en su forma de vida y su nivel cultural que está hoy en paralelo a la media alta nacional y que por ésta misma razón se niega a renegar y olvidar su pasado, y quiere seguir conservando sus tradiciones.

 
En las Bellas Artes destaca la imaginería española y ésta empieza a finales de la época medieval. Como excepción, quiero referirme de una manera genérica a algunos grandes artistas que han pasado a formar parte de la historia del arte y que por sus obras conmueven los sentimientos del ser humano.
 
No pretendo hacer comparaciones con las que había en Daimiel, ni destacar unas de otras, ya que eran muy dignas obras de arte y que las Hermandades, todas hicieron siempre grandes esfuerzos por tener lo mejor. Por lo tanto, está escrita y documentada la historia de la imaginería y Hermandades.
 
No son las imágenes de la Semana Santa daimieleña un fenómeno particular de nuestra tierra, si no expresiones Castellano-Manchegas de un fenómeno general en el que todos los españoles nos hemos manifestado desde tiempos ya remotos.
 
Arraigados, como están, nuestros sentimientos devocionales en creencias religiosas que, desde tiempos grecolatinos, siempre vieron con el alma a un Dios con forma humanizada, al igual que a su hijo y a los demás personajes mediadores, las obras de nuestra mas brillante imaginería no son si no la fiel expresión de estas emociones.
 
Es conocido que ya en la antigua Grecia, las imágenes divinas hechas en madera y tela, como las nuestras actuales, eran conducidas en solemne procesión.
 
Los ritos cristianos heredarían luego ésta costumbre mediterránea y quedaría definitivamente asentada en los siglos medievales y reafirmada con la Reforma Católica surgida del Concilio de Trento en el siglo XVI.
Estas celebraciones procesionales de las imágenes conducidas primero por modestas andas y luego en suntuosos pasos y tronos. Sorprende siempre de ellas el crudo realismo con que se representan y cobran vida propia ante los creyentes.
 
Todo el talento artístico de nuestros escultores, convertidos ya en imagineros, fue puesto al servicio de la causa católica y destinado a que los fieles experimentaran de cerca y de forma directa la emoción de sentirse reflejados en la dolida figura de Jesús cruelmente castigado. Estos mismos sentimiento y emociones son los que experimenté en mis vivencias infantiles y juveniles en Daimíel, cuando oía de lejos el retumbar acompasado de los tambores o sentía, sobrecogido el movimiento de los pasos.

 

¿Qué podría yo añadir de mi cosecha a la historia ya escrita de las extraordinarias aportaciones de la Semana Santa española?. ¿Cómo describir, con mis torpes palabras la emoción y la fuerza expresiva de las imágenes de la escuela castellana del siglo XVII capitaneada por Gregorio Fernández. La serenidad resignada que me inspiran las obras de Juan Martínez Montafiez, a quien sus contemporáneos llamaron nada menos que "el Dios de la madera"?.

Como en fin, deciros la forma en que percibo el patetismo ante las obras de Juan de Mesa o el dulce dramatismo de los maestros Alonso y Juan de Mena durante el XVIII.
 
Artistas insignes como Pedro Roldan o su hija "la Roldana".
 
Francisco Salzillo que a principios del XVIII traspasó su fama fuera de nuestras fronteras, gran imaginero que cuando sus obras desfilan en Viernes Santo las calles se convierten en un museo en movimiento.
Todos los recursos artísticos se suman a ésta conmemoración de la pasión y muerte de Cristo para lograr efectos de identificación de los fieles con sus imágenes de devoción; desde la pobreza y la sobriedad de la Semana Santa castellana a la riqueza para mayor gloria de Dios.
 
Desde la escultura, el arte de la plata labrada pasando por la talla en madera dorada, el bordado de realce, la magia del color , la fascinación del brillo de los metales nobles, el clima envolvente de la música sacra y el olor a incienso, mezclada con los aromas naturales propios de la primavera manchega que parece presentir con su renacer, los tiempos prometidos de la Resurrección y Nueva vida.
La Iglesia, con las Bellas Artes ha conseguido un patrimonio cultural y religioso de los mas importantes de Europa. Las artes le deben mucho a la Iglesia y yo diría que la parte más importante, estas deben protegerse conservándose y administrándose, ya que es y forma parte del patrimonio de la humanidad.
 
Después de la Procesión de nuestra Señora de la Soledad con sus corbatos, la noche iba tocando a su fín. Nuestros pequeños corazones no podían soportar tanta tensión, no cabía mas ilusión y felicidad en nuestras vidas, ni mas odio hacia aquellos romanos que habían maltratado a Jesús, un hombre que sangraba y Pilatos que se lavaba las manos, detrás la madre ahogándose en su llanto, reflejaba en su rostro el amor, la ternura y a la vez serenidad y dulzura.
 
Regresábamos a casa inmediatamente, felices y claro está con frío. En casa, la chimenea había consumido los últimos troncos de encina y alguna pavesa que otra flotaba en el ambiente. El brasero en la mesa camilla, intentábamos echar la última "firma", pero no quedaban más que cenizas.

 

Jesús había muerto y acabábamos de ver su entierro y en nuestros corazones quedaba un vacío.

Habían enmudecido todos los tambores y la Banda Municipal se desintegraba. Encima de la mesa camilla había una gran fuente que nos consolaba; eran los dulces típicos que habían hecho en esos días en el horno de la tahona de los Ayala, cortadillos y mantecados, los barquillos y las flores en casa, ¡ah! y la roscautrera.
 
Después de seguir soñando, mañana será el Sábado de Gloria y los gorriones y vencejos volverán a cruzar el cielo de Daimiel. Irían llenos de alegría de San Pedro cruzando la Plaza hasta Santa María y descansando en los frondosos árboles del parterre, y allí entonarán sus cánticos alegres y entre vueltas y vueltas, haciendo siempre el mismo recorrido, irán anunciando el Domingo de Resurrección y con él, la primavera.
 
Jesús nos había perdonado y desde los cielos nos enviaba la paz para que nos siguiéramos amando como hermanos, los unos a los otros, sin odio y sin rencor, cada uno es libre de expresar sus pensamientos pero con respeto hacia los demás.
 
Nuestros campos estrenaban nuevos colores que destacaban sobre las tierras pardas de nuestra Mancha eterna. Las casitas blancas de quintería parecían pequeñas capillas. La mula o el asno volvían a recorrer su camino a ciegas haciendo aflorar el agua que era la vida de nuestro pueblo. Los viejos sentados en la puerta de la calle, seguían haciendo soguilla y pleita.
 
La semana de la pasión y amor había terminado.
 
Por las mañanas, antes de ir al colegio, íbamos al paseo del Carmen y al huerto del Coto junto a la "embarra" a coger las primeras rosas llenas de rocío, que cortábamos los niños para llevarlas al Santuario de la Virgen de las Cruces que había permanecido sola con la santera. Siempre con el recuerdo de sus hijos y de un pueblo que siente y vibra cada año, renovando la fe y las tradiciones que sin esfuerzos ni dificultades nos transmitieron nuestros mayores, y así seguiremos honrando sus recuerdos.
 
Desde éste Altar Mayor o desde el Pulpito decía misa y su plática don Audaz Serrano y don León Caballero de León y en San Pedro don Tiburcio o don Amable. Cuando los sacristanes encendían sus velas, en la penumbra, se desdibujaban los santos y vírgenes; había un ambiente de gran solemnidad y los actos religiosos eran, o al menos a mi me parecían, sobrecogedores.

 
Las velas empezaban a derramar sus primeras lágrimas del día transportándote a otros mundos, el olor a incienso hacía de hilo conductor para ello.
 
Por todo lo vivido y en recuerdo de todo ello, volvemos a renovar un año más nuestra alegría. Jesús el hijo de María ha resucitado. Nosotros hemos sido perdonados de nuestros pecados y yo, con mis nostalgias, sigo pensando en un Vía Crucis y un Rosario en recuerdo de estos días de Semana Santa en el camino de la Ermita y recordando nuestra santísima Virgen de las Cruces en la Catedral de la Almudena, donde más de mil personas la contemplan a diario y, sobre todo, la que hay en la placita recoleta del Convento de Monjas Mínimas. Homenaje de mis nostalgias por los ausentes de éste pueblo que me vio nacer y al que sigo siendo fiel en sus tradiciones, por éste Pueblo que sabe vibrar de emoción cuando oye su "niño perdido".
 
La Semana Santa había terminado. Lo mismo que van pasando los pasos año tras año, va pasando nuestra vida; los entrañables recuerdos de nuestra infancia, las inolvidables escenas de la Pasión y las imágenes estáticas pero llenas de sentimiento.
 
El pueblo, que no recuerda sus raíces es un pueblo muerto, no todo es hormigón y bienestar, el ser humano necesita cultivar sus creencias para seguir amando. Pobre de aquel que no tenga nada que recordar.
Las campanas volteaban en las iglesias y las monjas y frailes las hacían girar en sus espadañas anunciando la Resurrección y la Gloria.
 
Aquí, a fuera de los jardines del Parterre, hace setenta años, Raimundo el guarda volvía a cuidar y a vigilarnos a los niños que no pisáramos las plantas que él cuidaba con tanto cariño.
 
Era la primavera. Florecían los bellos colores de las flores y empezaban a nacer los nuevos amores. Las cigüeñas volvían a sus nidos en lo alto de esta torre y el reloj de la misma, como siempre, permanecía parado y alrededor de la Manola saltábamos a la pídola y jugábamos al güá.
 
Cuando salían de la primera misa, en la calle empezaba a amanecer y se apagaban las escasas bombillas que había de alumbrado público. Los serenos terminaban su ronda y los churreros comenzaban a hacer tallos y churros. Los hermanos de La Muñoza con sus cestas de mimbre recorrían las calles del pueblo pregonando y gritando; ¡Hay tallos y churros calentitos!.

 
Ya se podía silbar, cantar y hablar fuerte. La vida empezaba de nuevo y yo, buscaba por las calles de Daimiel a Vicenta Aldea para decirle; ¡ ahora si!, ¡ ahora si puedo cantar y silbar!.
Gracias por haberme escuchado. Quiero terminar, como el Crispín de Los Intereses Creados de Benavente, que adelantándose a candilejas e inclinando la
cabeza ante el auditorio pronuncia su última frase llena de humildad;   y..
¡perdonad mis muchas faltas!.
Gracias.
Vicente Carranza Escudero
-cíe la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo-
 
Documentos adjuntos
Pregón Semana Santa 2005
 
Pregón 2008 - Manuel González López-Corps, Pbro. (Madrid) publicado el miércoles, 15 de julio de 2009
D. Manuel González López de Corts - Pbro. (Madrid)
Pregón 2007 de Doña Mª Angeles Fernández Muñoz publicado el miércoles, 15 de julio de 2009
Pregón de Semana Santa del 2007
Pregón 2006 de Don Miguel Esparza Fernández publicado el miércoles, 15 de julio de 2009
Pregón del año 2006
Pregón 2004 de D. Antonio Algora Obispo de Ciudad Real publicado el miércoles, 15 de julio de 2009
La pasión de Cristo
Pregón 2003 de D. Carlos Moreno Millan publicado el miércoles, 15 de julio de 2009
PREGÓN DE LA SEMANA SANTA 2003